
Imagina la escena: entras en un museo de arte modernísimo, y en lugar de un cuadro aburrido o una escultura abstracta que no entiendes, ¡te encuentras con un retrete de oro macizo! Y no solo para mirarlo, ¡sino para usarlo! Esto no es una fantasía, es la historia de «America», la obra de arte funcional (sí, funcional) del excéntrico artista italiano Maurizio Cattelan.
Este váter, fabricado íntegramente en oro de 18 quilates, no era un simple adorno. Cattelan lo instaló en un baño público del Museo Guggenheim de Nueva York para que los visitantes lo utilizaran con total normalidad. ¿Su propósito? Una crítica mordaz a la excesiva riqueza y, a la vez, una democratización del lujo. De repente, cualquiera podía sentirse como el 1% más pudiente, aunque solo fuera para «desahogarse» en un trono valorado en unos 5 o 6 millones de dólares. «Era un poco arriesgado», admitió el propio artista, «pero siempre hay un gran elemento de riesgo en el arte». Y vaya si lo hubo.
La pieza, que estuvo disponible para el público durante un año, permitía a la gente disfrutar de una privacidad y un lujo que, normalmente, están vetados para la mayoría de los mortales. Piénsalo: ¿cuántas veces has tenido la oportunidad de sentarte en algo tan brillante y valioso mientras la naturaleza te llama? Pocas, o ninguna, ¿verdad?
Pero la historia de «America» se puso aún más interesante. Cuando la administración Trump quiso pedir prestado un cuadro de Van Gogh del Guggenheim para decorar la Casa Blanca, el museo, con una sonrisa pícara, sugirió que en su lugar les cedían el váter de oro. La Casa Blanca, aparentemente, prefirió las pinceladas del holandés a la comodidad dorada para sus altos funcionarios. ¡Qué poca visión de futuro para la higiene de lujo!
Sin embargo, el destino más llamativo de «America» llegó en 2019. Mientras formaba parte de una exposición en el majestuoso Blenheim Palace, lugar de nacimiento de Winston Churchill, la obra fue protagonista de un robo de película. Un grupo de ladrones de lo más audaz logró desinstalar y llevarse el inodoro de oro en mitad de la noche, provocando una importante inundación en el palacio debido a la tubería arrancada. La policía se encontró con un gran agujero en el suelo y una escena de caos, pero ni rastro del brillante artefacto. «America» desapareció sin dejar más que un misterio, algunos daños por agua y un montón de preguntas sobre su paradero y su futuro.
Así, este retrete de oro macizo, que empezó siendo una provocación artística y una experiencia única para el público, acabó como el protagonista de un hurto que aún hoy fascina al mundo. Quién sabe dónde estará ahora, quizás adornando algún escondite secreto o fundido en lingotes. Lo que es seguro es que su leyenda, como el oro que lo compone, seguirá brillando por mucho tiempo.
