Que no se diga que la justicia no tiene sentido del humor (o al menos que no se ocupa de asuntos de altura). En Canadá, concretamente en la idílica y rural Sainte-Sophie, Quebec, ha estallado una crisis de identidad avícola que ha llegado hasta la mismísima Corte Suprema. El protagonista de esta épica batalla legal es Pepe, un avestruz con más problemas legales que muchos humanos. El dueño de Pepe, Gilles Varin, se ha embarcado en una cruzada para mantener a su compañero emplumado en su propiedad. El problema es la dichosa burocracia: la normativa local es clara como el caldo de pollo y prohíbe tener avestruces en zonas residenciales.
La clave de todo el lío reside en si Pepe es considerado «ganado» (y por tanto, podría tener una excepción, dependiendo de la interpretación de la ley) o, peor aún, una simple «mascota» extravagante, lo cual lo pondría inmediatamente fuera de la ley de zonificación. Imaginen la escena: los jueces más importantes del país, sentados, debatiendo seriamente sobre la naturaleza existencial de un pájaro gigante que no vuela.
¿Es Pepe un futuro filete o es el Pajarito Piolín con esteroides? Esta distinción no es baladí, sino que es la línea que separa la felicidad de Varin y Pepe de una orden de desalojo para el pobre avestruz. Una auténtica locura legal donde el Tribunal Supremo debe decidir si la administración local tiene derecho a dictar el tipo de fauna que puede correr libremente por los jardines de los ciudadanos de Quebec. Un caso que, sin duda, pasará a la historia legal no por su importancia jurídica, sino por el tamaño del animal implicado.




