El tesoro inesperado de Hatteras bolsas de patatas fritas inundan la playa

El tesoro inesperado de Hatteras bolsas de patatas fritas inundan la playa
Una playa en Carolina del Norte ha sido invadida por miles de bolsas de patatas fritas, incluyendo Doritos y Ruffles, tras caer un contenedor de un buque carguero. Los bañistas han convertido la recogida en una fiesta improvisada, aunque los snacks tienen la fecha de caducidad pasada.
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Hay naufragios que dan pena, y luego está el “chip-wreck” que ha convertido la costa de la isla de Hatteras, en Carolina del Norte (EE. UU.), en la despensa más salada del Atlántico. No estamos hablando de un cofre del tesoro lleno de doblones de oro, ni de restos de una antigua civilización, sino de miles y miles de bolsas de patatas fritas y aperitivos de primeras marcas. Sí, has leído bien: Doritos, Ruffles y Tostitos, todos flotando o esparcidos por la arena como si la marea quisiera compensarnos por el verano aburrido.

El origen de esta invasión de aperitivos es tan mundano como hilarante: un buque de carga, el CMA CGM Brazil, se encontró con unas aguas más bravas de la cuenta frente a la costa. La mala mar hizo que, ¡zas!, el buque perdiera uno de sus contenedores por la borda. Por desgracia (o por suerte, según se mire), ese contenedor estaba repleto hasta los topes de felicidad crujiente.

La escena en la playa era digna de una comedia absurda. En lugar de preocuparse por las algas o los restos de madera, los bañistas y vecinos se dedicaron a hacer acopio de este inusual cargamento. La gente paseaba con cestas repletas de bolsas, algunas aún infladas y flotando como pequeños salvavidas de snack. Imagina el panorama: estás dando un paseo tranquilo por la orilla y de repente tropiezas con una bolsa de Doritos sabor Tex-Mex que, si bien tiene pinta de ser nueva, en realidad es un recuerdo del pasado.

El único chascazo para los afortunados coleccionistas es que estos aperitivos del mar venían con un pequeño inconveniente temporal. A pesar de que muchas bolsas estaban perfectamente selladas, contaban con una fecha de caducidad que las convertía en auténticas piezas de coleccionista. Los informes indicaban que tenían una preferencia de consumo previa a diciembre de 2017, lo que confirmaba que la mercancía llevaba un buen rato haciendo turismo submarino. Pero, seamos sinceros, ¿quién le dice que no a unas patatas fritas gratis, aunque sean un poco *vintage*? Los lugareños, por supuesto, disfrutaron del espectáculo y de este regalo salado inesperado, mientras la pobre empresa naviera se encargaba de gestionar el desastre de hidratos de carbono. Definitivamente, es una de esas historias que te hacen pensar: ojalá mi playa tuviera estos problemas.