El reloj casero que te lleva directo a la detención

El reloj casero que te lleva directo a la detención
Un hombre fue detenido en un aeropuerto por un objeto que él afirmó era un reloj casero, pero el personal de seguridad lo identificó como un posible explosivo. Este incidente resuena con el caso de un adolescente arrestado por un reloj similar en un instituto.
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¡Madre mía, qué risa si no fuera tan serio! Imaginad la estampa: un hombre se planta en el control de seguridad de un aeropuerto, con sus billetes en mano y, probablemente, ya soñando con el refresco de cola en pleno vuelo. ¿Su equipaje de mano? Pues un invento que él insiste, con la mano en el corazón, que es un humilde reloj casero. Pero claro, en el mundo de los aeropuertos, un «reloj casero» que a simple vista podría pasar por un «artefacto explosivo improvisado» no suele ser motivo de aplausos, sino más bien de un «¡Alto ahí, vaquero!».

El desenlace, como podéis intuir, fue tan previsible como un lunes. Los agentes, con el ceño más fruncido que la camisa recién planchada de un guardia real, no se lo pensaron dos veces. Aquí no hay espacio para la interpretación artística de relojes. Un chisme que uno se ha montado en casa y que lleva a un sitio donde la seguridad es casi obsesión… digamos que la confianza brilló por su ausencia. El pobre hombre, intentando explicar entre balbuceos que «¡Pero si es solo un reloj de pared desmontado, oiga!», debió sentir cómo el peso de las esposas era más real que el de la hora que marcaba su peculiar artilugio.

Esta rocambolesca situación nos trae directamente a la memoria otro capítulo de la saga «relojes incomprendidos y malrollos». ¿Os acordáis del joven Ahmed Mohamed? Hace ya unos cuantos años, este chaval de 14 primaveras, en Irving, Texas, se curró un reloj digital por pura afición y lo llevó al instituto para enseñárselo a su profesor. ¿El desenlace? ¡Arrestado por la policía escolar porque pensaron que era una bomba! Aquello dio la vuelta al mundo, convirtiéndose en un símbolo de la paranoia y de lo rápido que nos equivocamos.

Así que, parece que la lección no ha calado del todo, o que los diseñadores de relojes caseros necesitan urgentemente unas clases de «estética no terrorista». Porque entre un explosivo de verdad y un reloj de pared, la línea es más fina que un hilo dental. Moraleja del día: si tu próximo viaje en avión es inminente y eres un artista de la relojería amateur, quizás es mejor dejar tu obra maestra en casa. O, al menos, ¡adjuntar un certificado de autenticidad emitido por un relojero suizo y a prueba de bombas… y de malentendidos!