
Agarraos fuerte a vuestros asientos, porque la diplomacia asiática nos ha regalado un momento digno de guion de película cómica, pero con un trasfondo geopolítico la mar de serio. El protagonista de esta historia es Ma Ying-jeou, por aquel entonces presidente de Taiwán, quien en 2013 decidió darnos una lección magistral de cómo complicar la vida a los diplomáticos en menos de 24 horas.
Todo empezó con una visita a la zona de las islas Senkaku, conocidas en Taiwán como Diaoyu. Estas pequeñas formaciones rocosas en el Mar de China Oriental son el epicentro de un tira y afloja territorial entre Japón, China y, sí, también Taiwán. Nuestro presidente Ma fue allí, pero no para pisar tierra firme, ¡qué va! Se quedó en un barco y, en un gesto conmovedor, arrojó coronas al mar en memoria de unos pescadores taiwaneses fallecidos en 1978. Hasta ahí, todo normal, un acto de recuerdo y reafirmación de soberanía.
Pero la cosa se puso interesante –o mejor dicho, hilarante– cuando Ma soltó la bomba dialéctica. En medio de sus declaraciones sobre la soberanía taiwanesa, el presidente pareció dar su ‘apoyo al derecho de Japón a la autodefensa y a sus patrulleras’ en la zona. ¡Boom! Imaginaos la cara de los analistas internacionales. Taiwán, que también reclama las islas, ¿apoyando a Japón contra China, que es su principal socio comercial y con quien comparte la reclamación histórica contra Japón? ¡Eso es como invitar a tu ex a tu boda con tu nuevo amor y luego elogiar a tu ex frente a todos!
Este ‘lapsus’ presidencial no solo fue inusual, sino que también puso a Pekín en un aprieto de proporciones épicas. China y Taiwán, a pesar de sus diferencias, suelen estar ‘en el mismo bando’ en lo que respecta a estas islas. El apoyo de Ma a Japón, aunque fuera de pasada, fue como una puñalada por la espalda simbólica que descolocó a todo el mundo. Algunos especularon que Ma buscaba un empujón de popularidad interna, que por entonces estaba un poco de capa caída. No sabemos si lo consiguió, pero desde luego, no pasó desapercibido.
La reacción no se hizo esperar. La oficina de Ma, con la velocidad de un rayo, salió a desmentir, aclarar y casi exorcizar las palabras de su presidente. ‘¡Malentendido!’, dijeron, asegurando que Ma se refería al derecho de ‘todas las partes’ a la autodefensa y no solo a Japón. Vamos, la clásica estrategia de ‘yo no dije eso, o lo dije pero no así, o sí lo dije pero no lo quise decir’. El Guardian, la fuente original de esta joya, se mantuvo firme en su cita, dejando claro que el contexto del discurso original apuntaba directamente a Japón.
Así que ahí lo tenemos: un presidente que visita unas islas en disputa, hace un comentario que desata un caos diplomático y su equipo de prensa entra en modo control de daños. Una historia que, aunque ocurriera hace unos años, sigue siendo un recordatorio divertido y un tanto absurdo de las complejidades de la política internacional. ¡Quién dijo que la diplomacia era aburrida!
