
En un episodio que solo puede describirse como una obra de arte del desatino burocrático, las autoridades de Pakistán lograron eclipsar cualquier celebración sobria del Día de la Mujer con un fiasco de dimensiones épicas. El escenario fue la provincia de Punjab, donde el Departamento de Bienestar Social decidió reconocer a una serie de ‘Khawateen-e-Pakistan’ (Mujeres de Pakistán) por su valentía y lucha. Entre ellas, deslumbró con luz propia la señora Noor Jahan.
El problema, o mejor dicho, la joya de la corona del disparate, es que Noor Jahan era famosa, sí, pero no precisamente por hazañas dignas de un galardón. La historia de Jahan se remonta a 2007, cuando acusó a un conductor, Naveed, de haberla violado. El caso se convirtió en un largo culebrón judicial, atrayendo una considerable atención mediática y presión social.
Sin embargo, la justicia paquistaní, tras años de deliberaciones, acabó destapando el pastel. Naveed fue absuelto, y en 2011, fue Noor Jahan quien se encontró en el banquillo. Fue condenada a siete años de prisión por perjurio, es decir, por haber mentido como una bellaca en el estrado y haber inventado la agresión. El resultado: una mujer condenada por sabotear el sistema de justicia y encarcelar falsamente a un hombre.
Lo que nadie esperaba es que, años después, la misma administración que la había condenado decidiese que esta condena era, en realidad, una prueba de su ‘valentía’ al enfrentarse al sistema. El Departamento de Bienestar Social de Punjab la incluyó en la lista de honoríficas. Uno solo puede imaginarse la conversación interna: “¿Esta mujer es conocida por enfrentarse a las dificultades legales? ¡Perfecto para el premio! No preguntes por qué se enfrentó a las dificultades, simplemente dale el trofeo.”
Este surrealista homenaje no solo despertó la indignación general, sino que sirvió como un recordatorio hilarante de que, a veces, los trámites administrativos fallan de maneras que ni el guionista de comedia más audaz podría haber imaginado. Lo que es seguro es que Noor Jahan puede presumir de tener el trofeo a la ‘valentía’ más irónica de la historia reciente.
