
Atención, porque el circo de la FIFA siempre nos depara momentos memorables, aunque no siempre por las razones correctas. Imaginen la escena: la cúpula del organismo —históricamente asociada a la pureza y la transparencia, por supuesto— anunciando, justo en medio de los preparativos para el sorteo del Mundial, que han decidido crear su propio y flamante Premio de la Paz. Sí, lo han leído bien: la FIFA y la paz, juntas en la misma frase. La ironía se cortaba con un cuchillo de mantequilla.
El objetivo oficial, según la organización, era sublime: reconocer a aquellas personas, grupos u organizaciones que emplean el poder universal del fútbol para conseguir un impacto positivo en la sociedad, fomentar la reconciliación y construir puentes. Un propósito encomiable, no cabe duda, si no viniera del mismo organismo que en aquellos años parecía estar más centrado en construir mansiones con dudosa financiación que en construir puentes de diálogo social. La decisión, además, llegaba en un contexto donde el fútbol internacional ya estaba saturado de premios, galardones y ceremonias de alfombra roja.
El premio, se anunciaba, sería un elemento fijo en el calendario mundialista. La ceremonia de entrega estaba prevista para el dramático sorteo de la Copa del Mundo, añadiendo una capa extra de prestigio y, de paso, asegurándose de que la gala de los bombos contara con un segmento de buenrollismo global justo antes de que empezaran las batallas dialécticas sobre los grupos de la muerte.
La decisión generó una ola de reacciones que oscilaban entre el ‘no me lo puedo creer’ y la risa floja, especialmente en los foros internacionales de prensa. Era difícil que la iniciativa no fuera recibida con escepticismo. ¿La FIFA, defensora de la concordia global? Era una píldora difícil de tragar, sobre todo si consideramos que en muchos casos, el organismo era el responsable de generar más conflicto que paz entre federaciones. Quizá el premio, más que de la paz, debería haber sido a la ‘mejor gestión de relaciones públicas pese a la adversidad legal’. En cualquier caso, esta iniciativa se queda grabada en los anales como uno de esos movimientos corporativos tan absurdos que rozan lo genial. Un verdadero gol en propia puerta, pero con mucha purpurina y cámaras.
