El polémico plan de Nueva Zelanda para acabar con los gatos

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Imagina que te dicen que tus adorables mininos, esas bolitas de pelo que ronronean en tu regazo, son una amenaza para el ecosistema. Pues eso es exactamente lo que pensó Nueva Zelanda hace unos años, llevando la relación con los felinos a un nivel… digamos, un tanto extremo. Porque no es lo mismo que tu gato te robe un trozo de jamón que se cargue una especie entera. Y ahí reside el quid de la cuestión.

En el país de los kiwis, las aves autóctonas son tan únicas como vulnerables. Hablamos de criaturas que han evolucionado sin depredadores terrestres naturales, lo que las hace tan monas como indefensas. Y ahí es donde entran en juego los gatos asilvestrados, esos cazadores natos que, aunque cuquis, resultan ser una auténtica plaga para la biodiversidad local. Según los cálculos de la época, estos «asesinos adorables» se cepillaban la friolera de 1.1 millones de aves nativas al año, además de lagartos e insectos que no sabían ni por dónde les venía el zarpazo.

Fue en 2013 cuando Gareth Morgan, un economista de renombre y, curiosamente, un conservacionista con ideas muy claras, decidió que ya era suficiente. Este señor, que por cierto tenía su propio gato al que adoraba, se lanzó a la cruzada con un libro titulado «Cats: Kill or Cure?». Su propuesta era tan sencilla como radical: erradicar a todos los gatos asilvestrados del país y, a largo plazo, convertir Nueva Zelanda en una nación totalmente libre de gatos. No es que fuese un anti-gatos empedernido, sino que los veía como una «calamidad ecológica» andante.

El plan de Morgan era ambicioso y escalonado. Primero, se implementarían zonas «libres de gatos» por todo el país. Luego, se exigiría el microchipado obligatorio y la esterilización de todos los gatos domésticos. Y finalmente, en un plazo de entre 10 y 20 años, se prohibiría la tenencia de gatos en todo el país. Ojo, que no es que fueran a ir casa por casa arrebatando mascotas; los gatos existentes podrían vivir su vida felizmente hasta que dijesen adiós, pero no se permitiría la llegada de nuevos felinos. Un «plan renove» felino, pero sin renove.

Como era de esperar, la idea sentó a patadas a los amantes de los gatos de todo el mundo. El internet, que por aquel entonces ya era un polvorín, explotó con indignación. Morgan recibió amenazas de muerte, se firmaron peticiones para que parara y las redes sociales se llenaron de memes y comentarios furiosos. La gente no entendía cómo se podía pensar en eliminar a unos seres tan adorables. La polémica estaba servida, con la eterna dicotomía entre el amor por las mascotas y la cruda realidad de la conservación.

El gobierno neozelandés, a través de su Departamento de Conservación, aunque apoyó la visión de un país libre de depredadores, se desmarcó de la idea de prohibir por completo a los gatos domésticos. Su enfoque era más bien el de controlar las poblaciones de depredadores en áreas específicas, incluyendo a los gatos asilvestrados, pero sin entrar en la guerra total contra los gatos de compañía. Al fin y al cabo, los gatos no eran los únicos villanos; también había otros depredadores como los armiños, las ratas y los pósums que estaban causando estragos.

Así que, mientras Nueva Zelanda sigue luchando por proteger su fauna única, la propuesta de Gareth Morgan permanece como un hito de cómo una buena intención conservacionista puede chocar frontalmente con el afecto humano hacia sus mascotas. Una historia que nos hace reflexionar sobre dónde trazamos la línea entre proteger lo salvaje y querer lo doméstico.