
Hay planes que parecen sacados de una película de domingo por la tarde, y luego está el de Raymond Roth, un hombre de 48 años de Nueva York que decidió que la mejor forma de solucionar sus problemas era… fingir su propia muerte. Una idea brillante, si no fuera por los pequeños detalles.
La escena tuvo lugar en julio de 2012, en la idílica Jones Beach de Long Island. Roth se adentró en el agua para no volver, o eso quería hacer creer. Su hijo, Jonathan, que estaba metido en el ajo, dio la voz de alarma, desatando una operación de búsqueda y rescate. Mientras los equipos de emergencia peinaban la costa, Raymond ya estaba de camino a Florida, y más tarde a Carolina del Sur, iniciando su nueva vida como un hombre supuestamente ahogado.
El objetivo era, cómo no, cobrar varios seguros de vida. Pero, como suele pasar en estas tramas, el destino es un guionista con mucho sentido del humor. ¿Cómo cayó nuestro protagonista? No fue por una elaborada operación del FBI, sino por algo mucho más mundano: le pararon por exceso de velocidad. A partir de ahí, el castillo de naipes se vino abajo.
La estocada final la dio su exmujer. Rebuscando entre sus cosas, encontró una serie de correos electrónicos entre Raymond y su hijo donde detallaban todo el plan. Ni corta ni perezosa, se los entregó a las autoridades, poniendo el último clavo en el ataúd de esta farsa.
Al final, Roth se declaró culpable de un delito menor de conspiración. Los cargos más graves, como fraude al seguro y denuncia falsa, fueron retirados en el acuerdo. ¿La sentencia? Un total de 90 días de cárcel, de los que cumplirá 89 al tener un día ya computado. Además, deberá pasar tres años en libertad condicional y asistir a terapia psicológica. La jueza describió el delito como «despreciable», destacando el gasto inútil de recursos de los equipos de rescate. Curiosamente, su hijo y cómplice, Jonathan, no tuvo tanta suerte: fue condenado a un año de prisión. A veces, ser el cerebro de la operación (aunque sea uno bastante malo) tiene sus ventajas.
