En un giro argumental que ni la mejor telenovela china podría haber anticipado, el Gobierno de Pekín ha decidido tomar medidas drásticas para enfrentarse al declive de su tasa de natalidad. Y cuando decimos ‘drásticas’, nos referimos a una decisión tan contraintuitiva que ha dejado a los analistas demográficos del mundo con la boca abierta: ¡un impuesto del 13% sobre los condones!
Sí, has leído bien. Mientras las autoridades chinas claman por un *baby boom* que revitalice su pirámide poblacional tras décadas de políticas de control estricto (hola, política del hijo único), han optado por hacer que el método más popular para *evitar* bebés sea significativamente más caro. Es como si quisieran arreglar una fuga de agua vendiendo mangueras a precio de oro.
La lógica detrás de esta política parece ser un enigma digno de Sherlock Holmes. O quizás es un mensaje subliminal del Estado: ‘Queridos ciudadanos, si queréis ahorraros ese 13%, ya sabéis lo que tenéis que hacer… o, mejor dicho, lo que tenéis que *dejar* de hacer’.
Este movimiento fiscal llega en un momento delicado, donde la población china en edad de trabajar se reduce y las previsiones de crecimiento demográfico son sombrías. Aumentar el coste de los anticonceptivos se siente más como un empujón irónico hacia el riesgo que como una política de natalidad bien pensada. Muchos se preguntan si el próximo paso será prohibir Netflix para fomentar la interacción humana. De momento, parece que el Gobierno chino está apostando fuerte por la presión económica en el dormitorio. Si esto funciona, será el caso de estudio de economía conductual más divertido de la historia; si no, al menos los presupuestos del Estado tendrán un 13% más de ingresos a costa de la precaución íntima.




