
Imagina la escena. Vuelves de dos semanitas de relax en España, con el moreno a tope y la maleta llena de ropa sucia, soñando con tumbarte en tu sofá. Llegas a tu casa en Bedfordshire, metes la llave en la cerradura y… no gira. Extraño. Insistes un poco y, de repente, la puerta se abre y un señor que no has visto en tu vida te mira desde dentro. ¿El principio de una peli de terror? Casi. Es lo que le ha pasado a Tracy.
La mujer se quedó, como es lógico, completamente a cuadros. Su primera reacción fue pensar que se había equivocado de casa, pero no, era la suya. El hombre, muy tranquilo, le soltó que él era el nuevo inquilino, que llevaba ahí un par de días y que estaba alquilando la propiedad. Para rematar la jugada, le contó que le había pagado un depósito y el primer mes de alquiler a ‘la casera’. El único problema es que la verdadera casera, Tracy, estaba delante de él y no tenía ni idea de lo que estaba hablando.
Alguien había cambiado las cerraduras y se había hecho pasar por ella para estafar a este pobre hombre, que probablemente también era una víctima en todo este lío. Tracy llamó a la policía, esperando que sacaran al intruso de allí en un periquete. Pero, atención al giro de guion: los agentes le dijeron que era un ‘asunto civil’ y que no podían hacer nada. Sí, como lo oyes. Te vas de vacaciones y a la vuelta tienes que iniciar un proceso legal para echar a un desconocido de tu propio salón.
Tracy, que no se iba a quedar de brazos cruzados, volvió a llamar a la policía y, tras tres horas de tensión y de enseñar las escrituras de su hipoteca para demostrar que aquella era, efectivamente, su casa, el hombre finalmente recogió sus cosas y se fue.
Ahora, la pobre Tracy no solo ha tenido que cambiar todas las cerraduras, sino que ha decidido poner la casa en venta. Normal, después de semejante susto, a ver quién duerme tranquilo pensando que cualquiera puede entrar y montarse un ‘Airbnb’ sin tu permiso. Una historia surrealista que demuestra que, a veces, la vuelta de las vacaciones puede ser mucho más estresante que el propio trabajo.
