El peculiar método para colar drogas en prisión: un libro infantil

El peculiar método para colar drogas en prisión: un libro infantil
Una mujer fue condenada por intentar introducir buprenorfina en la prisión de Auckland (Nueva Zelanda) para un recluso. Su ingenioso plan consistía en empapar las páginas de un libro infantil de Miffy con la droga, pero la rigidez del volumen levantó las sospechas de los funcionarios de prisiones. La artimaña le valió 100 horas de servicio comunitario.
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Ojo avizor, mentes ingeniosas… o no tanto. En el siempre fascinante (y a veces surrealista) mundo del contrabando carcelario, la imaginación no tiene límites, aunque la eficacia sea otra historia. Hoy nos trasladamos a la prisión de Auckland, Nueva Zelanda, donde una joven de 28 años, Rochelle Ann Kahui, nos ha regalado una de esas anécdotas que te hacen arquear la ceja y soltar una risilla nerviosa.

La cuestión es que Rochelle tenía un plan. Un plan, digamos, muy «creativo» para llevar algo de alegría (o más bien, de buprenorfina, una droga controlada de clase C) a un recluso al que visitaba. Y como los métodos tradicionales están muy vistos y son, ejem, demasiado obvios, nuestra protagonista decidió innovar. ¿El vehículo? ¡Nada más y nada menos que un libro infantil! Pero no uno cualquiera, no señor. Un dulce y aparentemente inocente libro de Miffy, esa conejita blanca tan mona que ha amenizado la infancia de generaciones.

El «ingenio» de Kahui consistió en empapar las páginas de la obra literaria con la droga. Un método que, sobre el papel, podría parecer infalible: ¿quién sospecharía de Miffy y sus aventuras? Sin embargo, el diablo está en los detalles, o en este caso, en la rigidez inusual del papel. Durante una revisión rutinaria en el puesto de control de la prisión de Paremoremo, un avezado funcionario de prisiones notó algo raro. Las páginas del libro de Miffy no tenían la flexibilidad que uno esperaría de un cuento infantil; estaban «rígidas» y «pesadas» de una forma bastante sospechosa. ¡Bingo! La astucia se topó de bruces con la realidad.

Tras el descubrimiento, Rochelle Ann Kahui compareció ante el Tribunal de Distrito de North Shore, donde se declaró culpable de introducir un artículo no autorizado en prisión. La jueza McElrea, que presidía el caso, no dudó en destacar la gravedad de la ofensa, aunque la cantidad de droga fuera «relativamente pequeña». Al final, la pena para nuestra «camella literaria» fue de 100 horas de servicio comunitario. Un castigo que, esperemos, le dé tiempo a reflexionar sobre la importancia de elegir bien el material de lectura… y de no empaparlo con sustancias ilegales.

Y es que, al parecer, este tipo de trucos con libros no es nuevo en el panorama carcelario neozelandés. Los funcionarios de prisiones han tenido que lidiar con intentos de contrabando tan variopintos como introducir drogas en el dibujo de un niño o en otros libros. Por lo visto, la tinta no es lo único que impregna las páginas en estos centros penitenciarios. La moraleja es clara: ni Miffy, ni Peter Rabbit, ni el mismísimo Capitán Calzoncillos están a salvo de ser convertidos en herramientas para el crimen. La próxima vez, quizás Rochelle debería probar con un audiolibro.