
En el fascinante mundo del contrabando carcelario, donde la creatividad no tiene límites (o quizás sí, y se topa con la realidad), nos llega una historia que podría protagonizar un guion de película cómica. Preparad las palomitas, porque la imaginación de algunos para saltarse la ley es digna de mención, aunque con un final no tan feliz.
La protagonista de esta singular aventura es Kimberly Fickes, una mujer que, con lo que parecía ser un plan ‘infalible’, intentó introducir un buen cargamento de sustancias ilegales en el Reformatorio para Mujeres de Ohio. Pero aquí no estamos hablando de los métodos clásicos como meterlo en un pastel o en una zapatilla. No, la señora Fickes decidió darle un toque… ¿patriótico? a su operación.
Su brillante idea fue ni más ni menos que empapar páginas de la mismísima Constitución de los Estados Unidos, junto con otros documentos legales, en una sopa de drogas variadas. ¿El objetivo? Que el interno David Shaffer, destinatario de este peculiar correo, pudiera disfrutar de metanfetamina, fentanilo y suboxone. Sí, habéis leído bien. La base legal del país, convertida en un vehículo para el trapicheo. La ironía se sirve fría, amigos.
Pero, como suele ocurrir, los planes más elaborados (o más descabellados) a veces tienen sus fallos. Los espabilados funcionarios de prisiones, que de esto saben un rato, no tardaron en darse cuenta de que algo no cuadraba. Al interceptar el envío, notaron que los papeles presentaban una decoloración sospechosa y una textura que no era la habitual de un ejemplar de la Constitución recién sacado de la imprenta. Vamos, que olía a chamusquina… y a algo más.
Evidentemente, el siguiente paso fue enviar los documentos a un laboratorio. Y sorpresa, sorpresa: las pruebas confirmaron que aquellos venerables textos estaban hasta arriba de las sustancias que la señora Fickes había intentado colar. Un clásico ‘zas, en toda la boca’ para la contrabandista con ínfulas de estratega.
Como era de esperar, la justicia siguió su curso. Kimberly Fickes se declaró culpable de intento de introducción ilegal de drogas en un centro de detención. El desenlace, lejos de ser el sueño de libertad y fiesta que quizás imaginó, fue una condena de dos años de prisión. Y por si os lo preguntáis, David Shaffer, el destinatario, ya estaba cumpliendo condena por robo con agravantes y otros delitos, así que esto no hizo más que añadirle un capítulo peculiar a su historial.
Así que, la próxima vez que penséis en formas originales de romper las reglas, recordad el caso de la Constitución empapada. Porque, al final, la ley (y los funcionarios de prisiones) siempre acaba pillando a los más ingeniosos… o a los más naíf.
