
Si hay algo que nos encanta en el periodismo de sucesos es el karma sirviéndose en bandeja de plata con cubiertos de ciberacero. Y hoy tenemos una ración doble de hipocresía que haría sonrojar al mismísimo Tartuffe.
Recordemos a Mark Powell, un pastor que, hace un par de años, se hizo popular en Gales (Reino Unido) por su ferviente cruzada contra una de las series más adorables y azucaradas de Netflix: ‘Heartstopper’. Sí, hablamos de esa serie enternecedora sobre dos chicos que descubren el amor juvenil, llena de dibujos animados, empatía y aceptación.
Según el criterio inflexible de Powell, esta producción era ni más ni menos que un «riesgo para la salud» de los chavales. Su principal preocupación pública era que exponía a los niños a temas inapropiados, es decir, el amor y la diversidad LGTBQ+. Powell se posicionó como el implacable guardián de la moral infantil, gritando a los cuatro vientos sobre los peligros que acechaban en el catálogo de ‘streaming’.
Pues bien, la noticia que nos ocupa tiene un giro de guion tan chocante que parece sacado de un ‘sketch’ de humor negro. Resulta que las autoridades británicas han detenido y posteriormente imputado a nuestro querido pastor Powell. Y no fue por haber escrito críticas de cine de dudoso gusto, sino por un asunto infinitamente más turbio y, oh, la ironía: por posesión de imágenes de abuso sexual infantil.
Parece que, mientras Powell estaba ocupado señalando con el dedo acusador la pantalla y preocupándose por la salud mental de los jóvenes que veían cómo Nick y Charlie se daban la mano, sus propios hábitos digitales estaban dejando bastante que desear. El contraste es tan salvaje que resulta difícil de asimilar. La persona que se erigía como el faro moral que protegía a los menores del «peligro» de una serie empática, es ahora el protagonista de un delito que implica un daño real y gravísimo a la infancia.
Ahora, mientras ‘Heartstopper’ sigue cosechando éxitos y enseñando lecciones de tolerancia y respeto, el pastor tendrá que enfrentarse a la justicia. Una demostración palpable de que, a veces, los que más gritan sobre la paja en el ojo ajeno, tienen una viga entera —y con mala conexión— en su propia casa.
