El oso más descarado: se cuela en el zoo de San Diego para echarse unas risas

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Si pensabas que lo habías visto todo en cuanto a animales y sus travesuras, prepárate para la historia de un osazo negro de 160 kilos que decidió que la vida salvaje era un poco solitaria y que, sin duda, un sábado por la noche en el zoo sería mucho más emocionante. Corría el año 1994, pero la leyenda de este fiestero sigue viva.

El protagonista de nuestra historia, cariñosamente apodado “Pooh” por los que tuvieron la fortuna de conocerlo (o de capturarlo), no era un oso cualquiera. No, Pooh tenía ambiciones de socialité. En lugar de buscar comida en la basura o acosar campistas, Pooh se propuso un objetivo mucho más ambicioso: ¡colarse en el prestigioso zoo de San Diego para pasar el rato con otros osos! ¿Quién necesita Tinder cuando tienes una valla de 2,4 metros y unas ganas locas de pasarlo bien?

Imagínense la escena: los vigilantes del zoo, acostumbrados a que los animales permanezcan *dentro* de sus recintos, se encontraron con un invitado sorpresa. Un oso negro, salvaje y libre, había escalado ni más ni menos que una valla electrificada de 2,4 metros, adornada con alambre de espino, para acceder a la zona de exhibición de los osos pardos de Alaska. Sí, habéis leído bien: un oso que rompe la seguridad de un zoo… ¡para entrar! Los humanos se gastan una pasta en entradas, y Pooh se la salta a la torera. Un auténtico genio del ahorro.

Lo más gracioso es que, según los funcionarios del zoo, Pooh solo quería una cosa: jugar. Un agente del Departamento de Pesca y Caza de California lo resumió a la perfección: «Simplemente quería jugar». La teoría oficial es que, siendo un oso joven y solitario, Pooh sintió la llamada de la compañía, aunque fuera la de dos gigantescos osos pardos, que, por cierto, eran de una especie totalmente diferente. Un ejemplo de integración y tolerancia que ya quisieran muchas reuniones de vecinos.

Los expertos del zoo quedaron boquiabiertos. No es que no hubieran visto osos salvajes cerca del perímetro antes, pero que uno se lanzara a la aventura de invadir el espacio de sus primos cautivos, eso ya era otra liga. La preocupación principal era que los osos pardos, mucho más grandes y fuertes, pudieran no tomarse bien la visita, o que el propio Pooh se hiciera daño al escalar la valla. Pero Pooh, con su carisma innato (o su tremenda inconsciencia), consiguió evitar males mayores.

Finalmente, y para evitar futuros episodios de «aquí no hay quien viva» entre osos, Pooh fue tranquilizado y reubicado en el Bosque Nacional Cleveland, a unos 80 kilómetros del zoo. Una forma educada de decirle: «Gracias por la visita, pero la próxima vez, avisa». Seguro que, al despertar en su nuevo hogar, Pooh se preguntó si sus nuevos vecinos serían tan animados como los del zoo. ¡Menuda aventura para contar a sus colegas osunos!