
Cuando uno piensa en el Museo del Louvre, la imagen que se viene a la cabeza es la de una fortaleza impenetrable, custodiada día y noche por los mayores expertos en seguridad del planeta para proteger tesoros incalculables como la inestimable *Mona Lisa*. Sin embargo, parece ser que la seguridad física no siempre va de la mano con la digital.
En una revelación que ha provocado una mezcla de incredulidad y risas nerviosas entre la comunidad informática, se descubrió que el sistema de videovigilancia del museo parisino estaba custodiado por la madre de todas las contraseñas débiles: el famoso y absolutamente lamentable ‘123456’.
Sí, has leído bien. Mientras los guardias de seguridad patrullaban las icónicas salas repletas de obras maestras, el acceso al sistema que grababa sus movimientos y cualquier posible amenaza requería menos esfuerzo y cerebro que abrir un candado de bicicleta de los baratos. Es la contraseña que aparece en absolutamente todos los listados de ‘claves que nunca debes utilizar’ y que hasta un niño de primaria sabría adivinar en el primer intento.
La anécdota, que perfectamente podría ser el guion de una comedia de espías de serie B, pone en evidencia la sorprendente desconexión entre la protección del patrimonio físico y los protocolos mínimos de ciberseguridad. Uno esperaría que la institución que alberga a la Dama de Ferro hubiera optado, al menos, por algo un poco más elaborado, quizás alguna referencia a su colección, como ‘123456Gioconda’ o incluso ‘Napoleón1804’. Pero no. Los responsables optaron por la secuencia numérica más predecible del universo.
Es fascinante imaginar la reunión donde se tomó esta crucial decisión de seguridad. ‘Necesitamos una clave que sea fácil de recordar para todos los operarios y que, a su vez, sea infranqueable’, diría un directivo, antes de que alguien sugiriera esa mágica combinación. En fin, el Louvre sigue siendo el símbolo mundial de la cultura y el arte, pero quizás ahora también se haya convertido en el recordatorio universal de por qué es importante cambiar las contraseñas por defecto y, si es posible, activar la autenticación de dos factores.
