
Quién iba a decir que un perezoso, el epítome de la lentitud y la vida contemplativa, podía protagonizar una fuga tan épica que acabaría con una misión de rescate de alto nivel. Pues sí, amigos, Mateo, un perezoso de dos dedos residente en el Drusillas Park de East Sussex (Reino Unido), demostró que incluso los más tranquilos tienen su lado aventurero.
La historia comienza hace unas dos semanas, cuando los cuidadores de Drusillas Park se dieron cuenta de que Mateo, el adorable perezoso, había desaparecido de su recinto. ¡Pánico! Un perezoso no es precisamente un guepardo, pero aun así, ¿dónde se metía un animal tan… bueno, tan perezoso? La búsqueda se puso en marcha con toda la artillería: desde los cuidadores rastreando cada rincón hasta el uso de cámaras térmicas y drones sobrevolando la zona. Dos semanas de nervios, de preocupación y de preguntarse si Mateo se habría marcado una escapada «a lo Thelma y Louise», pero a velocidad de caracol.
Cuando las esperanzas empezaban a flaquear, entró en acción un equipo de élite que bien podría salir de una película de espías, pero con un toque canino: Badger, un perro rastreador de la organización National Tracking and Trailing Dogs (NTTD), acompañado de su adiestrador, el sargento Kev Daws. Y aquí viene lo bueno. Tras un intenso rastreo de olores, Badger dio con el paradero de nuestro intrépido perezoso. ¿Dónde estaba Mateo? ¿Desafinado en alguna rave clandestina? ¿Devorando hojas de lechuga en un chiringuito de playa?
Pues no. Estaba tan campante, encaramado en lo alto de un árbol a ¡aproximadamente un kilómetro y medio de distancia de su hogar! Sí, un perezoso recorrió un kilómetro y medio en dos semanas. Digamos que no batió ningún récord de velocidad, pero para su especie, es como si hubiese cruzado el Atlántico a nado. El sargento Daws, ni corto ni perezoso (nunca mejor dicho), se lanzó a escalar el árbol cual Spiderman para recuperar a Mateo, que fue encontrado «feliz y sano».
La alegría y el alivio en el Drusillas Park fueron indescriptibles. Oli Dunkley, director del zoo, no cabía en sí de gozo y agradeció enormemente el trabajo del equipo de rescate. Así termina la odisea de Mateo, el perezoso que demostró que, aunque la prisa no sea su estilo, la aventura puede estar a la vuelta de la rama. Una historia con final feliz que nos recuerda que hasta los más lentos pueden darnos una buena sorpresa.
