
Durante décadas, una sombra de misterio planeó sobre uno de los incidentes más peculiares en la historia del Louvre: el famoso «atraco» de 1983. En el centro de todo, un personaje enigmático que se convirtió en leyenda: el hombre del sombrero, con sus gafas oscuras y un mostacho postizo que era más falso que un euro de chocolate. La pregunta era: ¿quién era este misterioso malhechor que, junto a su banda, había osado desafiar la seguridad del museo más famoso del mundo?
Pero ¡ojo al dato! Prepárense porque la realidad es mucho más cachonda y artística de lo que cualquiera hubiera imaginado. Resulta que detrás de este «atraco» no había una mente criminal maquiavélica, sino un grupo de chavales con más ingenio que vergüenza: unos estudiantes de arte franceses. Y el misterioso hombre del sombrero no era otro que Olivier, uno de estos artistas-bromistas.
Su misión, lejos de ser el lucro o la gloria delictiva, era darle un toque de atención al museo sobre la pírrica seguridad de sus dibujos y obras menos custodiadas. ¿Y cómo lo hicieron? Pues con una performance de matrícula de honor, a la que llamaron «Le Gang des Postiches contre le Louvre» (La Banda de las Pelucas contra el Louvre). Ni cortos ni perezosos, se presentaron en el museo armados con unos disfraces de órdago –además del sombrero y el mostacho de Olivier, había barbas y pelucas a tutiplén– y un plan tan sencillo como audaz: «robar» varias obras de arte.
No estamos hablando de las Meninas, tranquilos. Los objetivos eran unos dibujos de Picasso («Tête de femme» y «Tête d’homme»), otro de Braque («Femme couchée») y uno de Degas. Pero, y aquí viene la clave, ¡eran copias! Los estudiantes se las ingeniaron para sustituir los originales por estas réplicas, dejando una nota con su declaración de intenciones. Un puntazo, ¿verdad?
La policía, claro, no tardó en echarles el guante a los «ladrones». Pero la cosa no fue a más. Una vez que se aclaró que todo había sido un montaje para poner en evidencia las carencias de seguridad y que, para colmo, lo que se habían llevado eran fotocopias o facsímiles, los estudiantes fueron puestos en libertad sin cargos. Es más, el propio Louvre, con una deportividad admirable, lo reconoció como una «performance» artística. Y es que, al final, el arte tiene estas cosas: a veces, para hablar de él, hay que liarla parda.
Así que la próxima vez que visitéis el Louvre y paséis por la sección de dibujos, recordad la historia de Olivier y su sombrero. Demostró que, con un poco de humor, ingenio y una buena barba postiza, se puede dejar una huella imborrable en la historia del arte… y de los museos.
