
¡Atención, amantes de lo absurdo! Olvídense de robos de bancos o joyas. En Rancho Cordova, California, el gran crimen que mantuvo en vilo a la comunidad fue la desaparición de Dino, un imponente T-Rex (o similar) de tres metros de altura hecho de fibra de vidrio. El pobre Dino era la mascota no oficial de una gasolinera Shell local, y la gente lo adoraba tanto que le ponían atuendos festivos según la época del año. Un auténtico icono de la cultura de la carretera californiana.
Pero, ay, la tragedia golpeó. Una mañana, la cúpula de la gasolinera amaneció vacía. La pregunta que se hicieron todos, incluida la policía de Rancho Cordova, fue crucial: ¿Cómo demonios robas un dinosaurio de tres metros de alto y varios cientos de kilos del techo de un edificio? Este caso es digno de un guion de película cómica, donde el atraco requiere más planificación logística (grúas y camiones) que habilidad criminal. El misterio era, literalmente, más grande que el propio Dino.
La noticia corrió como la pólvora, desatando la imaginación colectiva. ¿Qué harían los ladrones con un dinosaurio gigante? ¿Decorarían un jardín? ¿Lo usarían como adorno de piscina? Afortunadamente, la intriga duró poco. Días después de la desaparición, el dinosaurio apareció. No en una guarida secreta ni camino de subasta en el mercado negro de mascotas prehistóricas de utilería.
Dino fue hallado abandonado, totalmente intacto (ni un solo rasguño en su piel de fibra de vidrio), en medio de un campo yermo, a poco más de un kilómetro de la gasolinera. Parece que los ladrones se arrepintieron, se asustaron, o, simplemente, se dieron cuenta de que transportar y esconder un dinosaurio robado no es tan práctico como parecía en la noche del hurto.
El regreso de Dino fue celebrado por todo lo alto. El reptil volvió a su puesto elevado, probablemente con un nuevo sistema de anclaje a prueba de gamberros con exceso de ambición y poco sentido común. Este caso nos recuerda que, a veces, los crímenes más grandes son también los más absurdos, y que si vas a robar algo, la discreción es clave. Un dinosaurio de diez pies, claramente, no lo es.
