
Agárrense que vienen curvas… o mejor dicho, números. Imagina la escena: el ministro de Finanzas de un país, de repente, anuncia con bombos y platillos que va a ‘introducir’ un sistema de numeración completamente nuevo para que la gente aprenda a contar. ¿La guinda del pastel? Que esos números ya los usamos todos, ¡incluido él mismo y el resto del planeta!
Pues esto es justo lo que le pasó a Ramathan Ggoobi, el ministro de Finanzas de Uganda. Durante un tiempo, un rumor con más patas que un ciempiés se paseó por las redes sociales, especialmente en X (lo que antes era Twitter), asegurando que Ggoobi tenía la genial idea de ‘introducir los números arábigos’ en el sistema educativo del país. ¿El objetivo? Combatir, ni más ni menos, el analfabetismo numérico. ¡Toma ya!
La cosa es que, para quien no lo sepa (o para quien se líe con la terminología histórica), los ‘números arábigos’ son, precisamente, los que empleamos a diario: el 0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9. Sí, esos mismos. Los que aprendimos en el cole, los que usamos para la compra, para ver la hora, para todo. Son universales, y sí, ¡también se usan en Uganda!
El bulo se propagó como la pólvora, con gente compartiendo la ‘noticia’ y, seguramente, algunos rascándose la cabeza con incredulidad y otros, lamentablemente, dándole veracidad sin pensarlo dos veces. La situación llegó a ser tan surrealista que el propio Ggoobi tuvo que salir al quite para desmentir semejante barbaridad. «Esto es falso», tuiteó con la paciencia de un santo, antes de explicar lo obvio: los números arábigos ya son el estándar global y, por supuesto, llevan usándose en Uganda desde tiempos inmemoriales.
Es el tipo de historia que te hace pensar: ¿cómo puede algo tan evidentemente descabellado ganar tanta tracción? Pues, amigos, así es el maravilloso y a veces disparatado mundo de la desinformación en la era digital. Una mezcla de falta de conocimiento general y el impulso irrefrenable de compartir sin verificar, y ¡voilà!, tenemos un ministro ‘introduciendo’ los números que ya lleva usando toda su vida.
Al final, lo que queda es una anécdota divertida (para quienes no se lo creyeron, claro) y un recordatorio más de que en internet, más vale ser escéptico que lamentar haber compartido un buen ‘numerito’ de bulo.
