
¡Atención, atención, amantes del buen humor y las noticias que desafían la lógica! Tenemos una historia que os dejará con la boca abierta y una ceja levantada. Imagina la escena: el gobierno se propone discutir el bienestar de los animales y, ¿a quiénes crees que convoca? ¿A veterinarios? ¿A expertos en protección animal? ¡Qué va! Directo a la fuente, pero con un toque muy peculiar.
Corría el año 2013, y el entonces secretario de Medio Ambiente británico, Owen Paterson, se puso el sombrero de anfitrión para un evento que prometía ser… bueno, prometía ser algo. Organizó una recepción bautizada con el ingenioso nombre de «día del cerdo» (sí, tal cual) en la mismísima sede del Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales (Defra). ¿El tema central? El bienestar animal, ni más ni menos.
Hasta aquí, todo normal, ¿verdad? Pues agarraos, que vienen curvas. La lista de invitados para tan magna ocasión era cuanto menos… selectiva. En la mesa redonda (o, más bien, en el canapé) solo había sitio para los pesos pesados de la industria porcina. Productores de cerdos, representantes del sector, la flor y nata de quienes, ejem, tienen un interés directo en la ‘gestión’ de estos animales. ¿Y quiénes faltaban en la fiesta? Oh, solo un pequeño detalle: ni rastro de la RSPCA (la venerable Sociedad Real para la Prevención de la Crueldad contra los Animales), ni de la Asociación Veterinaria Británica, ni de ninguna otra organización de bienestar animal que, quizás, pudiera aportar una perspectiva… ¿diferente?
La reacción no se hizo esperar. La RSPCA tildó la decisión de «asombrosa y francamente extraña», señalando que tenían décadas de experiencia en el bienestar de los cerdos y que su exclusión era un despropósito. La Asociación Veterinaria Británica (BVA) expresó su «decepción» por haber perdido una «oportunidad de escuchar a la comunidad veterinaria y de bienestar animal en general». Básicamente, se quedaron con cara de «¡Pero si somos los que sabemos de esto!».
Pero nuestro protagonista, el señor Paterson, no se amilanó. Con una calma digna de un maestro zen (o de alguien que vive en una realidad paralela), defendió su decisión como «completamente sensata». Según él, era lógico hablar con aquellos que se verían directamente afectados por cualquier cambio de política. Vamos, que si vas a hablar de cómo cuidar un Ferrari, lo más sensato es hablar solo con los que venden Ferraris, ¿no? ¡Los mecánicos y los pilotos, que se busquen la vida! Argumentó que la RSPCA y compañía podrían presentar sus alegaciones en una consulta pública posterior. Ah, la burocracia, siempre tan atenta.
El ministro llegó a presumir de que la industria porcina del Reino Unido tenía «estándares de bienestar de clase mundial». Un detalle que, casualmente, sonaba un poco a «somos jueces y parte» cuando los únicos invitados eran, precisamente, esa parte.
La oposición política no se quedó callada. Maria Eagle, del Partido Laborista, lo calificó de «asombroso» y le acusó de «desprecio» hacia las organizaciones de bienestar. Y Caroline Lucas, del Partido Verde, fue más allá, sentenciando que era «indignante» y una «burla al gobierno».
En fin, una historia para reflexionar sobre cómo se toman (o no se toman) las decisiones importantes. Porque si vamos a consultar el bienestar de los cerdos, quizá incluir a alguien que no vaya a convertirlos en panceta sea, ya sabéis, una idea… de guion de comedia. ¡Qué disparate!
