Imagínate la escena. Eres un soldado de élite, curtido en una brigada de artillería, y estás destinado en una de las bases más tensas del mundo, cerca de la frontera de Corea del Norte. Te preparas para una sesión de entrenamiento crucial o, quizás, para una instrucción de combate. Pero no. Tus mandos tienen otros planes. Planes mucho más, ejem, brillantes.
El escándalo surgió en el seno de la 210th Field Artillery Brigade del ejército de EE. UU., destinados en Camp Casey/Camp Hovey, Corea del Sur. Al parecer, la cúpula decidió que sus tropas necesitaban un poco de camaradería urgente, de esa que no se aprende disparando proyectiles, sino viendo televisión animada.
Cuando la amistad se impone por decreto
El arma secreta elegida para esta instrucción de ‘team building’ avanzada fue ni más ni menos que My Little Pony: Equestria Girls. Sí, la película de 2013, un ‘spin-off’ de la famosa franquicia que, para más inri, se centra en versiones humanizadas de los ponis más queridos (Twilight Sparkle incluida) mientras intentan recuperar una corona mágica en un instituto.
La lógica, según los oficiales, era cristalina: ¿Qué mejor manera de enseñar a unos soldados de artillería sobre el valor de la amistad, la lealtad y el trabajo en equipo que forzándoles a ver una hora y media de dibujos animados sobre magia y purpurina? Desde luego, la visión era de un pragmatismo inusual.
Los soldados, como era de esperar, no se lo tomaron a cachondeo. A ver, seamos sinceros, si te alistas en el ejército no esperas que tu entrenamiento incluya una maratón de la cultura ‘brony’. Las quejas no tardaron en llegar. Los participantes calificaron el ejercicio como “humillante” y, por supuesto, como una “pérdida de tiempo épica” que no tenía ninguna aplicación militar práctica, a menos que tu objetivo fuera intimidar al enemigo con una avalancha de referencias a la amistad.
Investigación formal y consecuencias ridículas
La presión fue tal que la Octava División del Ejército de EE. UU. tuvo que intervenir. Se abrió una investigación formal para determinar si los comandantes habían cruzado la línea al obligar a los soldados a consumir este tipo de contenido, supuestamente bajo amenaza de castigo por desobediencia.
Aunque ver una película puede parecer una minucia, el problema de fondo era la coerción y el impacto moral. El incidente puso de manifiesto que, a veces, los métodos creativos para fomentar el espíritu de cuerpo cruzan la frontera de lo ridículo y caen de lleno en el terreno de lo sancionable. Si algo demostró esta brigada, es que la camaradería forzada con ponis animados no es precisamente la receta para el éxito militar. Desde luego, esta historia nos da material para pensar dos veces antes de elegir el vídeo de formación para el próximo retiro de empresa.




