
Aquí tenemos un caso que redefine por completo el concepto de ‘problemas de pareja’. Olvídense de discutir por quién saca la basura o por dejar calcetines tirados por el salón. En China, un señor de 40 años, identificado como el Sr. Huang, llevó el arte de la bronca matrimonial al juzgado después de que su esposa, la Sra. Zhang, se negara a hacerle un favorcillo… de vida o muerte.
El Sr. Huang, que padecía una cirrosis bastante avanzada, necesitaba urgentemente un trasplante de hígado para seguir con vida. Y, ¡oh, casualidad!, su mujer, con la que llevaba casado cuatro años, resultó ser la donante compatible perfecta. Una lotería genética que normalmente sería un milagro, pero que para la Sra. Zhang era simplemente una decisión que no estaba dispuesta a tomar.
La mujer lo tuvo clarísimo desde el principio: ‘No, gracias. Mi hígado es mío’. Y no es que estuvieran a malas, simplemente ella no quería someterse a una cirugía mayor por su cónyuge.
Ante esta ‘falta de solidaridad’ extrema, el Sr. Huang montó en cólera y recurrió a la justicia. La demanda no fue por negligencia, sino por algo mucho más dramático y llamativo: «abandono malicioso». El Sr. Huang alegó que, al negarle su órgano vital, ella estaba buscando intencionalmente su deceso. ¡Ojo al dato! El hombre estaba buscando un precedente legal para obligarla, literalmente, a pasar por el quirófano en contra de su voluntad.
El caso fue de juzgado de guardia y acaparó titulares por el dilema ético que planteaba. El tribunal, con mucha sensatez y probablemente con un poco de pasmo ante la situación, dictaminó que, si bien la negativa de la Sra. Zhang era una clara patada a los deberes de apoyo mutuo que se presuponen en un matrimonio, obligarla a donar cualquier parte de su anatomía sería una violación directa de su autonomía corporal. En resumen: por mucho que fuera su marido y estuviera agonizando, nadie tiene derecho legal a reclamar los órganos de otra persona.
Al final, la cosa se zanjó con la Sra. Zhang aceptando pagar una compensación de 3.000 yuanes (unos 420 euros) por el abandono marital, dejando claro que el matrimonio estaba más que finiquitado y que a veces, el amor tiene límites, y esos límites vienen marcados por el bisturí.
