
Imaginad la escena: la ciudad de Sarajevo, asediada, con francotiradores y obuses como banda sonora habitual. Ahora, añadid un giro inesperado: un grupo de turistas adinerados, con chalecos antibalas y cascos, pagando una fortuna para sentir la ‘emoción’ del peligro de primera mano. Esto no es la trama de una película distópica, sino una oscura realidad que la fiscalía de Milán ha estado investigando: los infames ‘safaris humanos’ durante la Guerra de Bosnia.
A mediados de los años 90, mientras la capital bosnia sufría uno de los asedios más largos de la historia moderna, algunos intrépidos (y quizás algo desalmados) empresarios italianos supuestamente organizaron estos ‘paquetes turísticos’. El precio, se rumorea, podía ascender hasta los 10.000 dólares de la época, una suma estratosférica que garantizaba una ‘experiencia bélica’ de lujo. Los clientes, mayoritariamente ricos italianos, eran trasladados a las cercanías del frente, acompañados por ‘guías’ que, se decía, eran exlegionarios franceses o militares yugoslavos con experiencia.
El objetivo de estos tours era experimentar situaciones ‘suavemente peligrosas’. Querían la adrenalina, pero sin pasarse. Sin embargo, la guerra, como es bien sabido, no entiende de sutilezas ni de turismos de lujo. Estos ‘viajes de ocio’ no siempre terminaron con anécdotas para el club de golf. Algunos ‘turistas’ resultaron heridos, y al menos un guía, el italiano Franco Galardi, perdió la vida en 1993, supuestamente mientras participaba en una de estas expediciones. La línea entre la curiosidad mórbida y la tragedia se difuminó de forma brutal.
La investigación actual se centra en un empresario italiano, Giancarlo Marocchino, quien habría estado detrás de la organización de estos ‘tours’. Aunque él ha negado rotundamente su implicación en estos safaris, admitió haber viajado con frecuencia a Sarajevo, aunque, según él, siempre con fines humanitarios. No obstante, las acusaciones sugieren que las operaciones se canalizaban a través de una de sus empresas y que, incluso, se pagaba a mandos serbobosnios para garantizar el ‘paso seguro’ de estos curiosos visitantes por zonas de conflicto.
Incluso figuras políticas de la talla del exministro de Asuntos Exteriores italiano, Massimo D’Alema, confirmaron haber oído hablar de estos ‘turistas de la muerte’ o ‘turistas de guerra’. Era un secreto a voces, una leyenda urbana macabra que ahora la justicia intenta desentrañar. El dilema legal es complejo: han pasado décadas, y el delito de complicidad en asesinato podría verse afectado por la prescripción. No obstante, la historia permanece como un crudo recordatorio de cómo la desesperación de unos y la búsqueda de emociones extremas por parte de otros pueden chocar de la manera más inhumana y extravagante posible. Un safari de este tipo no era solo un viaje, era un espejo de una sociedad dispuesta a pagar por ver la guerra de cerca, como si fuera una atracción de feria.
