
Imagina tener un vecino ruidoso. Ahora imagina que ese vecino tiene plumas, un pico y un repertorio de sonidos que incluye alarmas de coche e insultos. Esta es la pesadilla que vivió durante cinco largos años una mujer en Coventry, Reino Unido, y que ha terminado con el ayuntamiento pasando por caja.
La protagonista de esta historia, la Sra. Dalloway, llegó a su límite. Su vecino tenía un loro gris africano, de nombre Gigi, que al parecer tenía el don de la imitación y muy poca vergüenza. El pájaro no se contentaba con el típico ‘hola, guapo’, sino que se había especializado en replicar el estridente sonido de las alarmas de los coches y, para rematar, en soltar alguna que otra palabrota.
Durante un lustro, la Sra. Dalloway presentó quejas formales al Ayuntamiento de Coventry, esperando que alguien pusiera fin a su calvario acústico. Pero, como suele pasar con la burocracia, la respuesta fue… lenta. Tan lenta que la mujer, harta de la sinfonía de alarmas y juramentos aviares, decidió llevar el caso más allá.
Aquí entra en escena el Defensor del Pueblo y de la Asistencia Social del Gobierno Local, un organismo que examinó el caso y le dio la razón a la Sra. Dalloway. El organismo concluyó que el ayuntamiento había fallado estrepitosamente al no utilizar sus competencias para atajar el problema de ruido que estaba causando el peculiar loro.
El resultado ha sido una disculpa oficial por parte del consistorio y una compensación de 2.000 libras (unos 2.300 euros) para la sufrida vecina por el ‘estrés y la frustración’ causados. Una pequeña gran victoria para la paz y la tranquilidad del vecindario.
Por su parte, el dueño de Gigi asegura que el loro ya no suelta improperios y que lo ha trasladado a una habitación más tranquila para evitar más conflictos. ¿Habrá aprendido la lección el pájaro más polémico de Coventry? Solo el tiempo, y los oídos de sus vecinos, lo dirán.
