Imagínate la escena: un día cualquiera, en la apacible Alemania, las autoridades de la ciudad de Kassel se rompen la cabeza con un problema inesperado y, francamente, bastante peludo. No hablamos de papeleo ni de atascos, sino de mapaches. Sí, esos pequeños y adorables (a veces) ladronzuelos con antifaz. Pero estos no son unos mapaches cualquiera; son los descendientes de una curiosa herencia histórica que involucra nada menos que al Tercer Reich.
La historia, que parece sacada de un guion de cine, se remonta a 1934. Hermann Göring, una figura prominente del régimen nazi, tuvo la brillante idea de liberar 25 parejas de mapaches en el estado de Hesse. ¿Para qué? Oficialmente, para fines de carne y pieles. Años más tarde, en 1945, tras un bombardeo a una granja de pieles cerca de Berlín, otros 27 mapaches se unieron a la fiesta de la libertad. Y así, amigos, es como los «mapaches nazis» (o, al menos, sus descendientes) se asentaron en tierras germanas.
Décadas después, lo que empezó como una pequeña liberación se ha convertido en una auténtica invasión. Actualmente, se estima que más de medio millón de estos animalitos campan a sus anchas por Alemania. Y claro, tantos mapaches no vienen solos: comen huevos de especies de aves protegidas, causan daños en viviendas y propiedades (son unos manitas para abrir cosas, ya se sabe) y, por si fuera fuera poco, portan enfermedades como el gusano redondo y la rabia. Vamos, un desastre con cola.
Ante esta situación, los valientes funcionarios de Kassel han propuesto una solución directa: la esterilización masiva. La idea es sencilla, controlar la población de forma efectiva. Pero aquí es donde entra la parte más pintoresca del asunto. El Deutscher Tierschutzbund, la federación alemana para el bienestar animal, ha puesto el grito en el cielo. Su argumento: la esterilización es una «castración masiva» que consideran «inhumana» y, además, «extremadamente costosa».
Desde su punto de vista, hay alternativas. Proponen la «contracepción por vacuna» o, incluso, atrapar a los mapaches y reubicarlos en zoológicos o refugios. Imagina la logística: ¿dónde metes a medio millón de mapaches reubicados? La situación, lejos de ser sencilla, ha generado un debate que mezcla historia, ética animal y la pura necesidad de gestionar una especie invasora que, para más inri, tiene un linaje tan peculiar. Así que, mientras los mapaches siguen campando a sus anchas con su astucia característica, Alemania se pregunta: ¿se le puede poner un «hasta aquí» de forma humana al legado peludo de Göring?




