Empezamos fuerte la semana con una historia que parece sacada de un guion de comedia, pero que es tan real como la resaca del protagonista. ¿Quién no ha hecho algo de lo que se arrepiente profundamente tras una noche de copas? Pues bien, este amigo anónimo llevó el arrepentimiento a un nivel artístico, musical y, sobre todo, penal, devolviendo un botín bastante peculiar.
Resulta que este ‘artista’ de lo ajeno, en un momento de euforia alcohólica, se hizo con varias mandolinas. Un botín curioso y, seamos sinceros, algo difícil de colocar en el mercado negro, la verdad. Sin embargo, a diferencia del típico villano de película que desaparece con el botín, este señor tenía un código moral… o al menos un nivel de culpabilidad que el alcohol no pudo sofocar por mucho tiempo.
Poco después de la fechoría, las mandolinas volvieron a aparecer en la escena del crimen. Pero no fue un simple retorno misterioso, fue un «mea culpa» en toda regla. Junto a los instrumentos, había una nota escrita a mano que ya está dando la vuelta al mundo por su hilarante honestidad. La misiva era breve, concisa y dolorosamente directa: ‘Lo siento, estaba borracho’.
Aunque robar es un delito serio, la sinceridad de la nota y el hecho de que el ladrón decidiera rectificar su error etílico han convertido este incidente en una joya de lo insólito. Imaginemos el despertar de este tipo: abre los ojos, ve unas mandolinas que no son suyas, lee su propia nota incoherente de la noche anterior y se da cuenta del estropicio que ha montado. Lejos de esconderlas o venderlas, decidió poner fin a su aventura criminal de la forma más educada y directa posible, culpando a Baco de su mala conducta. Es un claro ejemplo de que el alcohol no te hace hacer cosas que no quieres, sino cosas que luego te da mucha pereza explicar sobrio. La moraleja: si vas a robar instrumentos, al menos que no te dé remordimiento al día siguiente. Y si te da, déjales una nota digna de enmarcar.




