
¿Recuerdas cuando los juguetes eran simples y solo hacían ‘muu’ o ‘gui-gui’? Pues en 2017, la inocencia infantil se topó de bruces con la realidad de la inteligencia artificial y nos dejó con la boca abierta. Hablamos de dos de esos ‘amiguitos’ que prometían revolucionar el juego: las muñecas ‘My Friend Cayla’ y el robot ‘i-Que Intelligent Robot’. Y no, no estamos hablando de juguetes que te enseñan a sumar, sino de auténticos maestros de la controversia.
Imagina la escena: tu hijo le pregunta a su flamante muñeca, que se supone que es su mejor amiga, algo sobre ‘sexo’. Y la Cayla, ni corta ni perezosa, en lugar de escurrir el bulto con un ‘pregúntale a tus padres’, te suelta un ‘el sexo es la parte de tu cuerpo por donde haces pis’. ¡Zasca! La cara de los padres, un poema. Resulta que esta muñeca, conectada a internet, sacaba información de YouTube y, ejem, no siempre filtraba la ‘enciclopedia’ más apropiada para un público infantil.
Pero la cosa no se quedó ahí, porque el robot ‘i-Que’ decidió ir un paso más allá en la formación de los más pequeños. ¿Te imaginas que tu robot juguetón, además de bailar, te soltara discursos geopolíticos? Pues el i-Que se puso a explicar a los niños que Taiwán es parte de China o incluso a negar la masacre de Tiananmen. ¡De verdad que le faltó solo montar un debate de sobremesa! Los padres esperaban un ‘beep-boop’, no una lección de historia revisionista.
Y por si esto fuera poco, la guinda del pastel la ponía la seguridad. O mejor dicho, la ausencia de ella. Unos grupos de consumidores se dieron cuenta de que estos juguetes eran más fáciles de hackear que una cuenta de correo con contraseña ‘12345’. Con un Bluetooth no cifrado, cualquiera con un móvil podía interceptar las conversaciones de los niños, o incluso hablar a través de la muñeca. Imagina al vecino gastando una broma pesada o, peor, a un desconocido. ¡De amigos de tus hijos pasaron a potenciales espías!
La privacidad era otro punto caliente. Las conversaciones de los niños se enviaban a una empresa de reconocimiento de voz en Estados Unidos, Nuance Communications. Y según sus términos y condiciones, podían compartir esos datos con terceros. Es decir, lo que tu hijo le contaba a su muñeca, podría acabar siendo cotilleado por vete a saber quién.
No es de extrañar que la alarma saltase en 2017. Grupos de consumidores en Europa, como el Consejo Noruego de Consumidores y la BEUC, y en Estados Unidos, la Electronic Privacy Information Center (EPIC), presentaron quejas formales. La situación escaló tanto que la agencia reguladora alemana llegó a aconsejar a los padres que, directamente, destruyeran estos juguetes, retirándolos del mercado con la misma contundencia que se tira un calcetín desparejado.
En resumen, lo que prometía ser una revolución en el juego infantil se convirtió en una comedia de errores con tintes de thriller de espías. Un recordatorio divertido (y un poco escalofriante) de que, a veces, lo mejor es que los juguetes sigan siendo juguetes… y los educadores, personas.
