A veces, el universo tiene un sentido del humor tan retorcido que parece sacado de un guion de los Looney Tunes. Y si no, que se lo pregunten a Robert J. Smith, un señor de Johnstown, Pensilvania, cuyo día de furia racista terminó de la forma más ridícula que uno pueda imaginar.
La historia comienza como una de esas noticias que te encogen el estómago. Smith, de 55 años, decidió que era una buena idea entrar en el supermercado Corner Market armado con un rifle. Según los testigos y la propia policía, el hombre no estaba allí para hacer la compra semanal. Empezó a pegar tiros al aire (afortunadamente, sin herir a nadie) mientras gritaba que estaba «harto de los negros» y que su objetivo eran ellos. Un panorama, como podéis ver, bastante desolador.
Tras sembrar el pánico, Smith salió del establecimiento y, como era de esperar, la policía no tardó en aparecer. Se inició entonces una persecución por las calles de la ciudad. Uno se imagina una escena de película, con coches a toda velocidad y tensión en el ambiente. Pero la realidad, amigos, tenía otros planes para el clímax de esta historia.
Justo cuando la adrenalina estaba por las nubes, el destino, en su infinita sabiduría cómica, puso en el camino de nuestro villano el arma definitiva, la kriptonita de los torpes, el némesis de la comedia física: una cáscara de plátano. Sí, habéis leído bien. Robert J. Smith, en plena huida de la justicia, pisó una cáscara de plátano, perdió el equilibrio y se pegó un costalazo monumental contra el asfalto.
El golpe debió ser tanto físico como moral. Los agentes, que probablemente no daban crédito a lo que veían, aprovecharon la situación para abalanzarse sobre él y detenerle sin más incidentes. El jefe de policía de Johnstown, Craig Foust, confirmó el surrealista detalle, asegurando que el resbalón fue un factor clave en su rendición.
Al final, Smith se enfrentó a cargos bastante serios, como asalto con agravantes, imprudencia temeraria e intimidación por motivos étnicos. Pero su legado, para siempre, quedará marcado por haber sido neutralizado no por una elaborada táctica policial, sino por el gag más viejo de la historia de la comedia. Una prueba más de que, a veces, el karma no solo te da tu merecido, sino que además se asegura de que todo el mundo se eche unas risas a tu costa.




