
Agárrense los machos, porque la historia que les traemos hoy es de esas que te hacen dudar si estás leyendo el periódico o un guion de comedia. Nuestro protagonista es el juez Robert C. Noonan, una figura con más de 20 años de toga y peluca a sus espaldas en el Tribunal Supremo del Estado de Nueva York. Sin embargo, su distinguida carrera ha terminado de la forma más… peculiar posible.
La Comisión de Conducta Judicial del estado, que no se anda con chiquitas, ha sido la encargada de destapar el pastel. Y no, el pastel no era dulce, sino más bien una colección de perlas dignas de un circo de tres pistas. El hallazgo más llamativo, y el que le ha valido el titular, es que el señor Noonan tenía la curiosa costumbre de presidir juicios y dictar sentencias… ¡en calzoncillos! Sí, lo han leído bien. Bajo su impoluta toga, la prenda que simboliza la seriedad y el decoro de la justicia, nuestro juez se paseaba con sus «briefs» a la vista (para él, claro, que estaban cubiertos por la ropa oficial).
Según la defensa de Noonan, esos «calzoncillos» eran en realidad unos pantalones cortos de deporte que utilizaba por una condición médica para estar más cómodo. La Comisión, sin embargo, encontró esta explicación «increíble», vamos, que no se la creyeron ni un poquito. Y no es para menos, porque la cosa no se quedaba ahí.
El patrón de comportamiento de Noonan era, cuanto menos, extravagante. Se descubrió que en más de una ocasión abandonó sesiones de formación judicial obligatorias antes de tiempo. ¿El motivo? Nada de asuntos de Estado o emergencias familiares; la razón era que tenía que llevar a su perro a la peluquería o a alguna cita perruna. Y es que su can era, al parecer, el centro de su universo, pues la investigación también reveló que el juez solía hablar «habitualmente de su perro» con el personal del juzgado y los abogados, seguramente amenizando los tiempos muertos con anécdotas caninas.
Además, se le acusó de marcharse temprano del tribunal para asuntos personales o tomarse pausas para comer inusualmente largas. Como broche de oro, también se le imputó haber hecho comentarios «inapropiados» sobre su secretaria a un fiscal. ¡Un auténtico todoterreno de la excentricidad!
Ante semejante despliegue de singularidades, la Comisión dictaminó que la conducta de Noonan «incumplía sus obligaciones» y representaba un «patrón de comportamiento inusual e inapropiado». Al final, el juez Robert C. Noonan, para evitar males mayores y un despido deshonroso, accedió a dimitir y a prometer que nunca más volvería a buscar un cargo judicial. Un final de carrera que, sin duda, pasará a los anales de la justicia… y de la comedia.
