Agárrense, que vienen curvas. En el fascinante mundo de la justicia, a veces los protagonistas nos dan sorpresas que ni en la mejor de las series. Y si no, que se lo pregunten al juez Mark Lee Henry del Tribunal Municipal del Condado de Galveston, Texas, que ha sido acusado de un cargo bastante peculiar: hacerse pasar por abogado. ¿Para qué? Pues para intentar echar un cable a una conocida que estaba entre rejas.
La historia es de esas que uno no se cree hasta que la lee. El pasado 25 de octubre (de 2013, para ser exactos), el señor juez Henry decidió que el protocolo y las formalidades eran para otros. Ni corto ni perezoso, descolgó el teléfono y llamó a la cárcel del Condado de Galveston. Al otro lado de la línea, en lugar de identificarse como el honorable juez que era, soltó un «Soy Mark Henry, abogado, y vengo a representar a Jennifer Anne Bell». ¡Ahí es nada!
Jennifer Anne Bell, por si os lo preguntáis, no era una simple ciudadana. Estaba allí por una violación de libertad condicional relacionada con un cargo de drogas anterior, además de un cargo de falsificación. Imaginaos la situación: un juez, con togas y todo, pidiendo hablar con la reclusa sobre su «caso» como si fuera su flamante letrado.
El giro de guion llega cuando el personal de la cárcel, que no son precisamente unos novatos, empezó a sospechar. «Un momento… ¿Mark Henry? ¿Pero este no es el juez?». Los muy pillos decidieron hacer una comprobación rápida de su estado en el colegio de abogados. Y efectivamente, Henry era abogado colegiado, pero su licencia estaba… ¡inactiva! Es decir, que legalmente no podía ejercer. Ni un «soy un amigo que viene a interesarse» ni nada por el estilo, la llamada fue de abogado a cliente, en toda regla (o eso intentó).
Y claro, del «usted es mi abogado» a «usted está acusado», solo hubo un paso. Henry fue fichado en la cárcel y puesto en libertad bajo una fianza de 500 dólares. El cargo, ojo, no es ninguna tontería: un delito menor de Clase A, que en Texas te puede llevar hasta un año de prisión y una multa de 4.000 dólares.
Para añadir más leña al fuego de la anécdota, el juez Henry ya había tenido sus más y sus menos con la polémica en el pasado, como cuando se le relacionó con una mujer que tenía un caso en su propio tribunal. Aunque en aquella ocasión no se presentaron cargos, parece que la discreción no es precisamente su segundo nombre.
Según su abogado, todo fue un malentendido, que el juez actuaba como un amigo preocupado, no como su representante legal. Pero claro, lo de identificarse como «abogado» y hablar de «su caso»… eso ya es hilar un poco más fino. Sea como fuere, esta historia nos recuerda que, a veces, la realidad supera con creces cualquier ficción, especialmente cuando se trata de figuras de la ley que deciden cruzar la delgada línea entre la toga y el disfraz.




