
Imagina la escena: eres un jubilado de 70 años, te llamas Allan McDonald y, como buen previsor, has pedido una cubierta para tu flamante jacuzzi. Llevas tiempo esperándola y, por fin, ves llegar un paquete largo y estrecho con la etiqueta de «frágil». Uno esperaría encontrar plástico, quizás algo de aislamiento… ¡pero no lo que Allan se encontró! La sorpresa fue mayúscula cuando, al abrir la caja, descubrió que lo que tenía delante no era precisamente una lona, sino una muñeca sexual de 1,83 metros.
El hombre, residente en Waterlooville, Hampshire, en lugar de echarse las manos a la cabeza o indignarse por semejante gazapo logístico, se lo tomó con un humor envidiable. De hecho, según sus propias palabras, la situación le pareció «hilarante» y «desternillante». Y claro, con semejante inquilina inesperada, no tardó en bautizarla. Su nombre, desde aquel día, es Brenda. Y por si fuera poco el apego, Allan decidió darle un toque de estilo comprándole ropa. Porque, seamos sinceros, ¿quién querría tener a una muñeca de casi dos metros desnuda por casa?
La surrealista anécdota tiene su origen en un error de lo más peculiar. Allan había encargado la cubierta a una empresa llamada «What’s Hot Tubs». La muñeca, por su parte, venía de «What’s Hot Dolls». El parecido en los nombres y el hecho de que ambas empresas se encuentren en Hampshire, sumado a un despiste de la compañía de reparto, provocó este desternillante intercambio. Cuando Allan avisó a la empresa de jacuzzis, estos investigaron y confirmaron que la culpa era del mensajero.
La compañía de las muñecas, al enterarse del estrambótico incidente, se puso en contacto con Allan para ofrecerle un reembolso completo y, por supuesto, para recoger a Brenda. Pero aquí es donde la historia da un giro aún más cómico. Allan, para sorpresa de muchos, se negó rotundamente. ¿Por qué? Pues porque, según él, le había «cogido cariño» y ya formaba parte de la familia. Y es que, al parecer, Brenda no solo le hace compañía, sino que se ha convertido en la nueva atracción de la casa para su mujer y sus hijas, que ya tienen planes de vestirla y adornarla a su gusto. Así que, mientras algunos esperan ansiosamente sus paquetes, Allan McDonald se conforma con su Brenda, demostrando que, a veces, los errores pueden ser el principio de una bonita y muy divertida amistad.
