
Agarraos fuerte a vuestros gallumbos (o bragas), porque la historia que os traemos hoy es de las que te hacen levantar una ceja y preguntarte ‘¿pero qué demonios…?’ En el rincón más recóndito y, aparentemente, sesudo de la Universidad de Indiana, un investigador llamado Brian W. Drollinger, de 52 primaveras, estaba llevando a cabo unos ‘experimentos’ algo… digamos… ¡íntimos!
Nuestro protagonista, un tal Brian, que ejercía como asociado de investigación senior en el Departamento de Ciencias Psicológicas y Cerebrales, tenía una afición un tanto peculiar: la lencería femenina ajena. Pero no penséis mal, no era un mero capricho, ¡era por la ciencia! Al menos, eso es lo que él mismo declaró a la policía. Según Brian, su misión era nada menos que estudiar «atrayentes humanos» y «feromonas», y para ello, ¿qué mejor que usar la ropa interior de las señoritas de las hermandades universitarias? Lógica aplastante, ¿verdad?
La trama empieza a enredarse el pasado 10 de octubre, cuando una estudiante de posgrado, al más puro estilo ‘Sherlock Holmes’ universitario, encontró una bolsa sospechosa en la oficina de nuestro peculiar científico. ¿Qué había dentro? Ni más ni menos que un popurrí de ropa interior femenina. ¡Menuda sorpresa! La joven, con toda la razón del mundo, lo reportó al Departamento de Policía de la IU.
Cuando la policía se personó en la escena del «crimen científico» (o más bien, del delito), el panorama era aún más pintoresco. En el despacho de Drollinger, los agentes descubrieron una «gran cantidad» de ropa interior femenina de lo más variopinta, algunas prendas ¡todavía mojadas! Para añadirle un toque extra de misterio, también encontraron un recipiente de plástico con «varios líquidos». ¿Pócimas de amor? ¿Extractos de feromonas? La imaginación vuela.
Nuestro Brian, al ser confrontado, no se anduvo con chiquitas. Confesó haber entrado en las casas de las hermandades por la noche para hacerse con los preciados objetos. Su modus operandi, según él, implicaba meter las prendas en bolsas con esos líquidos misteriosos para «extraer» las feromonas. Vamos, que su laboratorio parecía más una lavandería clandestina con tintes de alquimia. Afirmó que su única intención era oler los artículos y que no quería hacer daño a nadie. Un ‘olfateador’ profesional con fines puramente académicos, al parecer.
El desenlace de esta historia de ciencia con aroma a suavizante es que Brian W. Drollinger fue arrestado el 18 de octubre y se le imputaron dos cargos de voyeurismo, un delito de clase C en Indiana. La Universidad de Indiana, por supuesto, está revisando el estado de su empleo, y es de suponer que sus ‘experimentos’ con ropa interior ajena han llegado a su fin.
Así que ya sabéis, la próxima vez que os preguntéis qué investigan en la universidad, pensad en Brian. Quién diría que el futuro de la ciencia podría oler a… bueno, ya os imagináis. ¡Un aplauso para este pionero de la investigación olfativa que llevó el método científico a nuevos (y húmedos) horizontes!
