
Agárrense, que vienen curvas (y rugidos… o ladridos). En el apacible condado de Clare, Irlanda, la tranquilidad de la localidad de Killimer se vio brutalmente interrumpida por un avistamiento que puso los pelos de punta a más de uno: ¡un león suelto! Sí, sí, como lo leen. El revuelo fue tal que la Gardaí (la policía irlandesa, para los amigos) tuvo que desplegar un operativo digno de película de acción, con helicóptero y todo, para dar con la temible bestia.
Todo empezó cuando una vecina, de buen ojo pero quizás algo impresionable, divisó un «animal grande de color leonado» con una «larga cola y un penacho en la punta» cerca de su casa. Al principio, pensó que sería un perro, pero la imagen se le fue de las manos y la lógica se desvaneció: ‘¡Esto tiene que ser un león!’, debió pensar, presa del pánico. Poco después, otra señora confirmaba haber visto un bicho enorme con «melena» (imaginaria, por lo que se ve) y se declaró «absolutamente aterrorizada». Con dos avisos tan convincentes, la alarma estaba servida.
La policía no se anduvo con chiquitas. Acto seguido, lanzaron una investigación a gran escala. Se consultó a un veterinario para evaluar la peligrosidad de la situación (imaginen la conversación: ‘¿Un león? ¿Por aquí?’), se advirtió a los granjeros de la zona para que asegurasen su ganado y, por si fuera poco, un experto en vida salvaje del mismísimo Zoo de Dublín tuvo que salir a la palestra para asegurar que no se había escapado ningún felino mayor de sus instalaciones. Vamos, que la cosa iba en serio.
Durante un tiempo, el misterio del «león de Killimer» mantuvo en vilo a la comunidad. ¿Sería un exótico animal de circo? ¿Una mascota fugada de algún excéntrico millonario? Las teorías se multiplicaban, y el nerviosismo era palpable.
Pero como casi siempre ocurre, la realidad, aunque menos emocionante, es implacable. Después de investigar «durante un tiempo considerable», la Gardaí llegó a una conclusión que a muchos les arrancó una carcajada (después de respirar aliviados, claro). El temible león, el depredador que había helado la sangre de los habitantes de Clare, no era ni más ni menos que… ¡un perro! Un perro grande, eso sí, y de color dorado, pero un can al fin y al cabo.
Así que, ni garras, ni rugidos, ni melenas reales. Solo un perro, probablemente encantado con toda la atención, que consiguió montar un cirio de dimensiones épicas. Al final, no hubo daños a propiedades ni al ganado, solo un buen susto y una anécdota impagable para contar en las tertulias del pueblo. ¡Qué poca «garra» resultó tener el supuesto rey de la selva irlandés!
