El hielo olímpico que tiene doble personalidad

El hielo olímpico que tiene doble personalidad
Los organizadores de unos Juegos Olímpicos de Invierno tuvieron que prometer que su pabellón de hockey sobre hielo, diseñado para dos deportes opuestos, ofrecería una calidad de hielo impecable. La tecnología debe luchar contra la física para que el hielo no parezca granizado.
0
0

En el universo de las Olimpiadas de Invierno, donde cada centímetro de hielo es sagrado, surge una noticia que huele a chapuza de ingeniería bienintencionada. Resulta que los cerebros detrás de la organización decidieron que lo más eficiente y rentable era que la pista del pabellón de hockey sobre hielo estuviera diseñada para servir a dos amos completamente diferentes. Es decir, el mismo hielo tenía que ser apto tanto para el hockey como para otros deportes de deslizamiento, como el patinaje de velocidad en pista corta o el patinaje artístico.

Aquí es donde la cosa se pone técnica, y por ende, absurda: el hockey sobre hielo requiere una superficie durísima, muy fría (se habla de temperaturas en la superficie de la pista rondando los -9ºC), porque el patín es plano y necesita agarre para arrancar y frenar explosivamente, además de que el disco se deslice sin problemas. Sin embargo, deportes como el patinaje artístico o el patinaje de velocidad en pista corta a menudo prefieren un hielo ligeramente más ‘blando’ o cálido (quizás a -4ºC), para que las cuchillas agarren mejor en las curvas cerradas y para amortiguar un poco las caídas épicas. Lograr ambos requisitos simultáneamente es, básicamente, el equivalente termodinámico de pedir peras al olmo.

A pesar de este conflicto de intereses congelados, los organizadores salieron a la palestra con una fe ciega en su tecnología, insistiendo en que el diseño de la arena de doble uso no comprometería ni un ápice la calidad del hielo. La promesa era clara: el hielo sería de primera calidad para todos, sin importar si ibas a dar un chequeo a un rival o a hacer un triple Axel. Esta declaración, por supuesto, dejó a muchos expertos del hielo y a los propios atletas con la ceja levantada, preguntándose si la burocracia olímpica no había subestimado el poder de la física básica.

Es la historia de siempre: cuando el ahorro de costes y la optimización de espacios choca frontalmente con las necesidades específicas de la alta competición. Ojalá que, por el bien de los Juegos, los ingenieros hayan encontrado el botón mágico para cambiar la dureza del hielo con un simple clic, o de lo contrario, veremos a los jugadores de hockey patinando sobre un granizado o a los patinadores artísticos luchando contra una superficie tan rígida como una tabla.