
Agárrense, que vienen curvas. En un giro que ni el guionista más retorcido de Hollywood habría imaginado, un juez en Ohio ha sentenciado a Andrew Johnson a… ¡nada de cárcel! Sí, han leído bien. Andrew, hijo de un antiguo vicepresidente asociado de la Universidad Estatal de Ohio (OSU), se libró de la prisión a pesar de declararse culpable de homicidio vehicular agravado tras causar la muerte de su amigo, Grant Michael Prenger, de 20 años, en un accidente de coche mientras conducía ebrio. ¿La razón? Su «futuro prometedor».
El suceso, que tuvo lugar en la madrugada del Día de San Patricio de 2012 cerca del campus de la OSU, es de esos que te hacen cuestionar qué es exactamente la justicia. Andrew Johnson, entonces de 22 años, conducía con una tasa de alcohol en sangre del 0,126, bastante por encima del límite legal de 0,08. El resultado: su amigo Grant perdió la vida. Un auténtico drama que, en circunstancias normales, hubiera terminado con una condena de prisión. Pero claro, estamos hablando de un «futuro prometedor».
El juez Guy L. Reece II, en un alarde de ¿comprensión? ¿indulgencia? ¿o quizá un toque de… nepotismo velado?, decidió que el historial académico impecable de Johnson, sus buenas notas y su «remordimiento significativo» eran argumentos de peso para evitar que pisara la cárcel. En lugar de los ocho años de prisión que pedía la fiscalía, el joven fue sentenciado a cinco años de libertad condicional, un año de arresto domiciliario, cinco años sin carné de conducir y, para rematar, 200 horas de servicio comunitario. La familia de la víctima, como es lógico, ha puesto el grito en el cielo, calificando la sentencia de «bofetada en la cara» y una clara muestra de que la justicia funciona de manera diferente según el apellido que tengas.
«Nos arrepentimos muchísimo de lo sucedido», declaró el padre de Andrew, David Johnson, al salir del juzgado. Pero las palabras no consuelan a la familia Prenger, que se siente totalmente ultrajada. Para ellos, esta sentencia es un claro ejemplo de que la «influencia» del padre del acusado pesó más que la vida de su hijo. Y, ojo, que no era la primera vez que Andrew tenía un tropiezo con el alcohol; ya había sido multado por posesión de alcohol siendo menor de edad. Vamos, que lo de la «oveja descarriada» tiene un límite.
La indignación se extiende más allá de los pasillos del juzgado. Muchos se preguntan qué mensaje envía esta sentencia: ¿que tener un buen expediente académico o un padre con contactos te blinda ante las consecuencias de tus actos, incluso si estos son fatales? La fiscalía, por su parte, manifestó su «decepción» con la decisión judicial, pero la sentencia es firme. Y así, con un «futuro prometedor» como salvoconducto, Andrew Johnson vuelve a casa mientras la familia de Grant Prenger se queda con un dolor inmenso y una sensación de injusticia que seguramente durará mucho más que los cinco años de libertad condicional.
