El Frente de Liberación de las Drogas acaba liberando solo su cuenta bancaria

El Frente de Liberación de las Drogas acaba liberando solo su cuenta bancaria
Los fundadores del peculiar 'Frente de Liberación del Consumo de Drogas' (DULF), James Black y Paul Buntin, han sido condenados por vender estupefacientes. Bajo la tapadera de un 'Club Social de Cannabis' en Exeter y su supuesta lucha política, montaron un negocio comercial de drogas, que incluía desde cannabis hasta cocaína, descubierto tras una operación encubierta.
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¿Se imaginan fundar una organización con un nombre tan pomposo como el ‘Frente de Liberación del Consumo de Drogas’ (DULF) y acabar entre rejas por, precisamente, vender drogas? Pues eso es exactamente lo que les ha pasado a James Black, de 56 años, y Paul Buntin, de 49, los cerebritos detrás de esta peculiar iniciativa en Exeter, Reino Unido. Su historia es de esas que te hacen levantar una ceja y pensar: ‘¿En serio?’.

Black y Buntin se erigieron como adalides de la reforma de las leyes antidrogas, bajo el paraguas del DULF. Su cuartel general era, nada menos, que un ‘Club Social de Cannabis’ donde, según ellos, sus miembros podían acceder a sustancias con una ‘donación’ para cubrir los costes operativos. Todo muy altruista, muy de activista, ¿verdad? Pues la policía no se lo creyó ni por un segundo.

En enero de 2012, las autoridades, con un topo infiltrado y todo el despliegue de una operación encubierta, irrumpieron en el club. Y, sorpresa, lo que encontraron distaba mucho de ser una tertulia filosófica sobre la libertad de consumo. En lugar de eso, descubrieron un auténtico supermercado de estupefacientes. No solo había cannabis a tutiplén, sino también setas mágicas y, agárrense, ¡cocaína! Balanzas, bolsas y un buen fajo de billetes completaban la estampa del emprendedor moderno, aunque en el lado oscuro de la ley.

La fiscalía lo tuvo claro desde el principio: esto no era un movimiento político, sino un negocio de drogas con todas las letras. Los mensajes de texto recuperados del móvil de Black eran bastante elocuentes, detallando las ‘transacciones’ y el ‘género’ disponible. Black, por su parte, intentó aferrarse a la idea de que el DULF era una «bandera política», una lucha noble por cambiar las cosas. Buntin, el ‘segundo de a bordo’, admitió que cultivaba para consumo personal, pero negó rotundamente que vendiese para sacar tajada. Decían que solo querían ofrecer un «acceso seguro» a las drogas para mayores de 18, como si eso eximiera de la ilegalidad.

El juez David Ticehurst, que no parecía tener un pelo de tonto, lo resumió perfectamente: a pesar de todas las alegaciones ‘políticas’, aquello era una «operación comercial». Un eufemismo elegante para decir que se estaban lucrando con el menudeo. Al final, Black fue declarado culpable de suministrar cannabis, MDMA, cocaína y setas mágicas, demostrando que su catálogo de ‘liberación’ era bastante extenso. Buntin, un poco más comedido, fue condenado por suministrar cannabis.

Ahora, ambos están a la espera de su sentencia, que seguramente no será para tomar un té con pastas. Y así termina la peculiar cruzada del ‘Frente de Liberación del Consumo de Drogas’, demostrando que, a veces, la ‘liberación’ solo es una excusa para llenar la caja. Una lección de ironía que bien podría ser el guion de una comedia negra.