El faro que se quedó sin mar
Imagina conducir por las áridas estepas de la región rusa de Astrakhan. Solo ves polvo, tierra seca y, de repente… un faro de ladrillo de 20 pisos se alza ante ti. No, tu GPS no se ha vuelto loco ni estás sufriendo un espejismo en medio del desierto. Estás contemplando el faro de Petrovsky, la estructura marítima más desubicada del planeta.

Un capricho de Pedro el Grande
Aunque ver un faro a 30 kilómetros de la costa más cercana parece un chiste arquitectónico, la historia tiene una explicación de lo más lógica. En 1741, el mismísimo Pedro el Grande encargó su construcción. En aquel entonces, toda esa zona árida formaba parte del mar Caspio y estaba repleta de islas que albergaban un puerto donde amarraban los barcos.
La primera versión fue de madera, pero tras ser arrasada por una brutal tormenta, decidieron que era mejor tirar de materiales sólidos. En 1876 se inauguró la versión de ladrillo que vemos hoy, equipada con unas majestuosas escaleras de hierro fundido y unas plataformas de observación que milagrosamente han aguantado el paso del tiempo.
La gran fuga del mar Caspio
El verdadero drama de este faro no fueron las inclemencias del tiempo, sino que el mar decidió hacer las maletas y marcharse. Las aguas del mar Caspio llevaban tiempo retrocediendo de forma drástica, y a principios del siglo pasado, el nivel bajó tanto que el puerto marítimo tuvo que cerrar sus puertas definitivamente. A pesar de este pequeño e insignificante detalle de no tener agua alrededor, el edificio siguió operando estoicamente.
El faro de Petrovsky continuó guiando a la nada hasta 1930, demostrando que a veces hay que seguir iluminando aunque ya no quede nadie navegando cerca.

De guía marítima a reliquia de secano
Con el mar a casi dos decenas de millas de distancia, tan lejos que ni asomándote a la cima consigues atisbar una triste gota de agua salada, la estructura quedó en el olvido. Ya en los años 90, el faro del desierto experimentó una breve segunda juventud al convertirse en el peculiar hogar de una pequeña estación de radio.
En la actualidad, sus puertas permanecen cerradas a cal y canto desde hace décadas. Sin embargo, ostenta el orgulloso título de monumento nacional y funciona como una atracción turística en toda regla para aquellos viajeros intrépidos que buscan disfrutar de una de las mayores anomalías visuales de toda Rusia.




