
Imaginad la escena: un día cualquiera en el Parlamento japonés, ambiente serio, caras concentradas y el ex primer ministro Shinzo Abe, en plena faena legislativa, intentando explicar las duras exigencias de su puesto. Estaba en una de esas comisiones donde se discuten temas importantes, y claro, la conversación derivó hacia el sacrificio personal y, cómo no, la cantidad de horas que duermen nuestros queridos líderes políticos.
Abe, queriendo parecer un titán de la resistencia o quizás simplemente restarle importancia al poco tiempo que pasaba en los brazos de Morfeo, soltó la perla del año. Intentaba decir que dormía ‘solo seis horas’ o quizás ‘unas siete’, algo bastante razonable para un currante de la política. Pero no, la lengua es traicionera, y lo que salió de su boca fue una confesión que desafía las leyes de la física y, bueno, del tiempo: «Solo duermo 24 horas por noche», dijo, como si fuera lo más normal del mundo.
Evidentemente, en la sala no había nadie con la capacidad de hibernar durante un día entero sin pestañear. La incredulidad se apoderó de los presentes. ¿24 horas? ¿Cómo se supone que un Primer Ministro va a gobernar un país si está ocupando el 100% de su tiempo en roncar? Fue el líder de la oposición, Katsuya Okada, con un oído finísimo para las meteduras de pata, quien no pudo contenerse y, con una sonrisa pícara, señaló el monumental lapsus.
El efecto fue inmediato: la seriedad parlamentaria se desvaneció entre risas y murmullos. El propio Abe, dándose cuenta del desvarío temporal que acababa de soltar, se unió a las carcajadas y, entre la mofa generalizada, se apresuró a corregir su peculiar horario de sueño. «Quería decir siete horas, por supuesto», aclaró, poniendo fin al misterio de su supuesta súper-hibernación.
Así que ahí lo tenéis, la prueba irrefutable de que hasta los políticos más serios, esos que dirigen países y toman decisiones cruciales, son humanos. Y los humanos, a veces, simplemente dicen una barbaridad tan épica que nos regalan un momentazo de comedia involuntaria que pasará a la historia. Porque, seamos sinceros, ¿quién no querría poder dormir un día entero? Abe nos dio la fórmula, aunque fuera por error.
