Pues mira tú por dónde, la saga de Jeffrey Epstein nos ha regalado un nuevo capítulo que roza lo surrealista. Si pensabas que lo habías visto todo en este culebrón de proporciones épicas, prepárate para esto: más de quinientas, sí, QUINIENTAS páginas de los archivos recién desclasificados del magnate financiero resultaron estar completamente en blanco. Ni una coma, ni un garabato, ni un mísero «aquí no hay nada». ¡Absolutamente la nada más absoluta, como si el vacío se hubiera tragado la información!
Imagina la expectación. Tras años de secretismo, dimes y diretes, por fin el juez ordena que se abran los cajones y se aireen los papeles que rodean la escabrosa vida de Epstein y su círculo. La gente, con el corazón en un puño y las teorías de la conspiración a flor de piel, esperaba revelaciones, nombres, detalles jugosos. Y lo que se encontraron fue… papel en blanco. Un ‘cliffhanger’ tan efectivo como frustrante, que te deja con la misma sensación de haber abierto una caja de bombones y encontrarla vacía, o de sintonizar el capítulo final de tu serie favorita para ver solo la pantalla en negro.
La noticia salió a la luz gracias a un abogado que representa a una de las mujeres que supuestamente fue víctima de Epstein cuando era menor. Se estaba revisando toda esa ingente cantidad de documentos relacionados con una demanda por difamación contra Ghislaine Maxwell (la que fue socia y pareja de Epstein, y ya sabes, ahora está donde debe). Y claro, al toparse con este «agujero negro» documental, la sorpresa fue mayúscula. No es precisamente lo que uno espera al desenrollar el telón de uno de los casos más mediáticos y controvertidos de los últimos tiempos.
Según la versión oficial, la culpa no es de ningún espía con líquido corrector ni de un archivista con demasiado celo por el secreto. ¡Qué va! La excusa es mucho más prosaica (y, para qué negarlo, un poco de traca): un «fallo técnico». Sí, como lo oyes. Al parecer, la transferencia de los documentos del formato físico al digital se llevó por delante el contenido de estas páginas. Se suponía que debían estar «completamente redactadas» (es decir, censuradas con sentido y dejando constancia), pero en su lugar, el sistema decidió directamente borrarlas de la faz de la tierra digital. Es como cuando el Wi-Fi te falla justo en el momento clave del capítulo de tu serie favorita, pero a lo judicial y a lo grande, con consecuencias que rozan el drama y la comedia a partes iguales.
El juzgado, para quitarle hierro al asunto y viendo el revuelo, ya ha confirmado el «lapsus» y ha prometido que las versiones correctas (esperemos que con algo más que aire) estarán disponibles pronto. Pero la verdad es que la anécdota ya ha quedado para la historia. El caso Epstein, que ya de por sí es un culebrón de película de suspense y terror, ahora nos ofrece un giro argumental digno de una comedia de enredos burocráticos. La ironía es que, en un caso tan cargado de misterio y sospechas, la mayor revelación hasta ahora haya sido la de quinientas páginas de ¡absolutamente nada!


