
Imagina la escena: te sientes fatal, con dolores que no entiendes y la sensación de que algo no va bien. Acudes a urgencias, y la espera se convierte en una odisea que ni el mismísimo Ulises habría podido prever. Eso es exactamente lo que le pasó a una mujer británica en el King’s Mill Hospital de Nottinghamshire, que se marcó un récord personal (y preocupante) de paciencia: ¡20 horas en la sala de espera! ¿El resultado? Un diagnóstico que te dejará con la boca abierta: había sufrido un infarto.
Nuestra protagonista, Gail, empezó a sentirse mal un sábado de mediados de octubre. Pensó que era una infección de pecho, de esas que te dejan K.O. pero que con un poco de suerte se van con reposo. Dolor en la mandíbula, molestias en el brazo izquierdo, el pecho… en fin, los típicos síntomas que uno a veces prefiere ignorar o atribuir a cualquier cosa menos a lo serio. Llamó al 111, el número de atención no urgente del NHS (el servicio de salud británico), y le aconsejaron ir a urgencias.
Y ahí empezó el periplo. Gail llegó al hospital un domingo por la mañana, sobre las nueve. Lo que siguió fue una espera tan larga que podría haberle dado tiempo a leerse ‘Guerra y Paz’ dos veces. Entre visita y visita (que en realidad fueron ‘no visitas’ o ‘vuelvan ustedes más tarde’), le enviaron a casa hasta tres veces. ¡Tres! Con dolor en el pecho, para más inri. Uno se pregunta si pensaron que estaba haciendo turismo por el hospital.
La verdad es que, a pesar de sentirse cada vez peor, y de la insistencia de su hija, nadie en urgencias pareció conectar los puntos. Veinte horas después de poner un pie en la puerta del hospital, a las cinco de la madrugada del lunes, finalmente le hicieron un chequeo más profundo. Y voilà, la bomba: ‘Señora, usted ha tenido un infarto’. ¿Te imaginas la cara de Gail? De ‘tengo una tos molesta’ a ‘casi me da un pasmo del susto por la noticia (y por el infarto real)’.
Inmediatamente después del diagnóstico, la maquinaria hospitalaria, por fin, se puso en marcha a toda velocidad. Le realizaron una angiografía de emergencia y le colocaron un stent. La buena noticia es que Gail se está recuperando, pero la anécdota ha puesto de manifiesto, una vez más, la presión extrema bajo la que opera el NHS en Reino Unido.
Al final, la historia de Gail es un recordatorio de que, a veces, el sistema puede ser tan exasperante como los síntomas de una enfermedad. Esperemos que, al menos, le pusieran un café después de tanta espera. Porque lo que está claro es que su paciencia debería entrar en el Libro Guinness de los Récords, justo al lado de su diagnóstico de infarto. Una historia para no dormir, o para dormir muy poco mientras esperas en urgencias.
