Todos hemos cometido algún pequeño desliz o exceso de confianza en nuestro puesto de trabajo. Quizás llevarse un bolígrafo a casa, imprimir unos apuntes personales o pedir material de oficina de más. Sin embargo, un trabajador de la ciudad de Berkeley ha llevado el concepto de ir por libre a un nivel estratosférico que ha dejado a sus superiores buscando respuestas desesperadamente.
Una compra que nadie vio venir
Según ha revelado una reciente investigación oficial, un empleado decidió que era el momento perfecto para adquirir nada más y nada menos que una ambulancia. Pero no estamos hablando de una vieja furgoneta de segunda mano adaptada para salir del paso, sino de un vehículo de emergencias valorado en la friolera cifra de 285.000 dólares.

Saltándose todos los protocolos
Lo más asombroso de todo este asunto no es la compra en sí, sino el minúsculo detalle de que el trabajador actuó de forma totalmente independiente. Los documentos de la revisión contable son clarísimos al respecto: la transacción se realizó sin ningún tipo de aprobación por parte de los cargos directivos correspondientes.
- El coste de la broma: 285.000 dólares gastados sin el visto bueno oficial de la ciudad.
- El objeto del capricho: Un vehículo médico de emergencias pesado y totalmente equipado.
- El descubridor: Una rutinaria auditoría de cuentas que destapó semejante agujero financiero.
La auditoría fue tajante y no dejó lugar a dudas: el trabajador actuó de manera autónoma, saltándose alegremente todas las barreras burocráticas para realizar una compra de más de un cuarto de millón de dólares.
El auditor que no daba crédito
Este empleado, ahora considerado rogue (rebelde o descarriado), ha demostrado que los controles internos a veces pueden tener grietas por las que cabe literalmente un camión. Mientras que pedir un simple paquete de folios suele requerir rellenar interminables formularios y esperar firmas durante semanas, la compra de un vehículo médico logró realizarse completamente bajo el radar del ayuntamiento.
La historia nos deja con una duda bastante cómica e inquietante a partes iguales: ¿qué necesidad imperiosa tenía este trabajador para saltarse las normas y conseguir su propia ambulancia? Sea cual sea el motivo final, lo que es seguro es que en las oficinas municipales de Berkeley la próxima vez que alguien quiera pedir una triste grapadora será sometido a un escrutinio implacable.




