
Imagínate la escena: Washington D.C., octubre de 2013. El gobierno de los Estados Unidos está en pleno cierre, lo que significa que un montón de servicios considerados «no esenciales» han echado el cerrojo. Esto incluye, para sorpresa (o no) de muchos, a los choferes de los senadores. Sí, esas personas que se encargan de llevar a los honorables miembros del Senado de aquí para allá por la capital, de repente, se quedaron en casa. ¡Menudo marrón!
Así que, mientras la administración pública paraba en seco, algunos de nuestros queridos senadores se encontraron en una situación que, para ellos, debió parecer sacada de una película de terror: ¡sin coche oficial! Acostumbrados a que les lleven y les traigan con la comodidad de un vehículo de lujo, de repente se vieron, literalmente, «tirados» en la capital. La logística diaria de ir a trabajar, algo tan básico para el común de los mortales, se convirtió en una odisea para estos influyentes políticos.
La noticia, claro, no tardó en generar cierta guasa y risas entre la opinión pública. El senador John McCain, con su habitual sentido del humor (o quizás con una resignación muy bien disimulada), bromeó sobre la idea de tener que «coger el autobús o el metro». ¡Menudo drama! Intentar encajar un viaje en la red de transporte público o, peor aún, intentar pedir un taxi en hora punta, es una imagen que roza lo cómico y lo patético a partes iguales cuando hablamos de alguien que habitualmente no tiene que pensar en esas cosas.
Pero no todos sucumbieron al pánico ni se echaron las manos a la cabeza. Algunos, como el senador Mike Enzi, mostraron una autonomía sorprendente. ¿Su solución? Pues, ni más ni menos que conducir su propio coche. Sí, lo que haría cualquier ciudadano de a pie en su día a día. Una pequeña anécdota que, sin duda, ponía de relieve la enorme burbuja en la que a veces viven nuestros políticos, ajenos a las «pequeñas» vicisitudes del común de los mortales, como buscar aparcamiento o esquivar el tráfico.
En definitiva, este cierre de gobierno no solo afectó a servicios esenciales para el país, sino que también nos dejó una historia para el recuerdo: la de unos senadores que, por un breve lapso, tuvieron que experimentar lo que es moverse por la ciudad sin su séquito de choferes. Un auténtico baño de realidad que, quién sabe, quizás les vino hasta bien para conectar con el «pueblo» que dicen representar. O quizás simplemente se pillaron un buen cabreo y prometieron que la próxima vez sus choferes serían declarados «esenciales para la seguridad nacional» o algo así, no vaya a ser que se repita la «tragedia».
