Hay gente que sueña con no tener que desplazarse al trabajo, y luego está Jordan Hiscott, un exdirectivo de Londres que llevó el concepto de ‘conciliación laboral’ a un nivel completamente nuevo y, sobre todo, ilegal. ¿Su gran idea? Ahorrarse el prohibitivo alquiler londinense convirtiendo su propia oficina en un apartamento clandestino.
Hiscott, que trabajaba para la empresa Invo-Group en el centro de la capital británica, decidió que el espacio de trabajo estaba infrautilizado. Así que, ni corto ni perezoso, se construyó su propio estudio personal dentro de las instalaciones. Y no hablamos de un simple colchón hinchable y un microondas. El hombre se montó un pisito en toda regla, con una cocina improvisada para sus menesteres culinarios y hasta una ducha para mantener la higiene.
Su vida de ‘okupa’ de oficina era bastante cómoda. Conectó a la red eléctrica de la empresa un calefactor, una freidora de aire y una televisión, entre otros enseres. Durante años, disfrutó de su morada secreta con todos los gastos pagados, generando una factura de electricidad extra para la compañía que ascendió a la nada despreciable cifra de 4.600 libras.
El chiringuito se le vino abajo en 2023. La trama no fue descubierta por un compañero de trabajo fisgón, sino por unos alguaciles que entraron en el local por orden del propietario del edificio. La sorpresa debió de ser mayúscula al toparse con el nidito de amor de Hiscott en lugar de solo mesas y ordenadores.
La Policía de la City de Londres calificó el caso como ‘bastante bizarre’, y no es para menos. Tras ser descubierto, Hiscott se declaró culpable de un cargo de fraude por abuso de posición. Su ingeniosa pero fraudulenta solución habitacional le ha costado una condena de 120 horas de trabajos no remunerados, una orden comunitaria de 12 meses y, por supuesto, la obligación de devolver los 4.600 euros que costó su estancia. Se acabó el teletrabajo más extremo de la historia.




