
Normalmente, cuando alguien gana la lotería, el drama empieza por la alegría desmedida, la compra de cosas absurdas o los familiares que aparecen de la nada. Pero para David Smith, un ciudadano de Derby (Reino Unido), el verdadero dolor de cabeza llegó después de ganar la friolera de 20 millones de libras hace una década.
El bueno de David decidió que el dinero no le iba a estropear la vida ni le iba a llenar la piscina de patos de oro. Así que tomó una decisión insólita: se quedaría con una parte y dedicaría 16 millones de libras esterlinas (alrededor del 80% del premio) a la filantropía y las buenas causas. Montó su propia organización, el ‘Lotto Fund’, dispuesto a repartir alegrías.
Lo que David nunca imaginó es que dar dinero gratis es una tarea infernal. Diez años después, el hombre ha conseguido repartir algo, sí, pero todavía le quedan unos 12 millones de libras en el bote. ¿La razón? La burocracia británica, la sospecha generalizada y la lentitud exasperante de las instituciones. ¿Quién dijo que ser millonario era sencillo?
Smith relata que, cuando intentas entregar una suma gigantesca, la gente no se fía. Los proyectos se atascan en miles de documentos, las regulaciones hacen que la donación sea un laberinto y, de repente, ese dinero que iba a ser una solución se convierte en un problema administrativo. Por ejemplo, intentó financiar una academia de fútbol local, y el proceso fue tan desesperantemente lento que casi se rinde. También ofreció fondos para una instalación deportiva comunitaria, pero el Ayuntamiento lo echó para atrás. Incluso, al intentar comprar un minibús para un colegio, se encontró con tal muro de papeleo y desconfianza que tuvo que desistir.
En resumen, David Smith es la prueba viviente de que, en pleno siglo XXI, la burocracia odia más el dinero rápido y sin condiciones de lo que te lo imaginas. Su verdadero desafío no fue ganar la lotería, sino conseguir deshacerse de ella a golpe de generosidad.
