
Todos hemos sentido esa pequeña punzada de decepción en un bar cuando nos dicen que se ha acabado nuestro plato o salsa favorita. Un fastidio, ¿verdad? Pues para un hombre en Canadá, la ausencia de mayonesa no fue un fastidio, fue una declaración de guerra.
La historia se desarrolla en el pequeño pueblo de Lutsel K’e, en los Territorios del Noroeste de Canadá. Allí, Edward Larocque, un señor de 43 años, entró en una cafetería local con un antojo muy específico: un sándwich de fingers de pollo. Todo iba bien hasta que llegó el momento crucial de la salsa. Al pedir mayonesa, la empleada le dio la fatídica noticia: se había acabado.
La reacción de Larocque no fue pedir ketchup. Se puso, según los testigos, ‘furioso’. Empezó a soltar improperios a la trabajadora y, en un arrebato de ira, soltó la amenaza: ‘¡Voy a quemar este sitio!’.
Y a diferencia de las típicas bravuconadas de bar, Larocque iba muy en serio. Salió del local, pero no para calmarse. Regresó al poco tiempo armado con una garrafa de gasolina y cerillas. Sin pensárselo dos veces, roció la puerta de la cafetería y le prendió fuego.
Afortunadamente, la comunidad de Lutsel K’e es de las que reaccionan rápido. Varios vecinos acudieron al rescate y extinguieron las llamas antes de que el drama de la mayonesa causara una tragedia mayor. Los daños fueron menores, pero el susto fue de los que no se olvidan.
Como era de esperar, Larocque fue detenido y ahora se enfrenta a un cargo de incendio provocado con desprecio por la vida humana. Durante el proceso se supo que no era su primer rodeo con el fuego y la ira; ya tenía una condena por quemar su propia casa y un diagnóstico de Trastorno Explosivo Intermitente. La fiscalía pide para él entre tres y tres años y medio de cárcel. Su defensa, alegando arrepentimiento y que el fuego se apagó rápido, busca una pena menor. La sentencia final se conocerá en septiembre. Todo por un sándwich que se quedó huérfano de su salsa.
