
Señoras y señores, pónganse cómodos porque la burocracia ha alcanzado un nuevo nivel de surrealismo termodinámico. El Departamento de Energía de Estados Unidos (DOE) ha decidido que la realidad, a veces, es demasiado dura. Y claro, si algo es duro, hay que suavizarlo con capas de algodón verbal para que no haga daño. Resulta que esta agencia, encargada de asuntos tan triviales como el futuro energético del planeta, emitió una guía interna para sus empleados que está levantando ampollas, no por lo que dice, sino por lo que prohíbe decir. ¿La consigna? Que se olviden de términos considerados ‘cargados políticamente’. Sí, justo esa frase que usamos para describir a nuestro cuñado en las cenas de Navidad.
Entre las palabras prohibidas o altamente desaconsejadas se encuentran auténticos pesos pesados de la ciencia: «Cambio Climático» y «Calentamiento Global». Parece ser que decirlas en voz alta podría provocar un cortocircuito en algún congresista sensible. Para que el público (o más bien, los legisladores que aprueban los presupuestos) no se asusten o se nieguen a abrir la cartera, el DOE ha proporcionado un listado de eufemismos premium para maquillar la verdad científica.
En lugar de hablar de «Calentamiento Global» (que suena muy dramático, como una telenovela argentina), se sugiere usar la pomposa frase «cambios en el clima estacional». ¿Y el «Cambio Climático»? Eso mejor lo sustituimos por el elegante «cambios meteorológicos», o si nos sentimos aventurados y queremos sonar un poco más modernos, podemos referirnos a la situación como «extremos». También se recomienda evitar la palabra «sostenibilidad» o el adjetivo «limpio» (clean), que tienen demasiada garra para el paladar político y son percibidos como demasiado agresivos en ciertas esferas.
La motivación detrás de esta purga verbal es tan transparente como el agua, una vez que la hemos filtrado de todo lo que la hace interesante: esta estrategia lingüística está orientada a suavizar la retórica en documentos y solicitudes de subvenciones. Esto es crucial en un contexto donde la financiación federal a menudo depende de la aprobación de políticos que, digamos, no comparten siempre la misma visión sobre la urgencia climática. Digamos que si no llamas al dragón ‘dragón’, quizá te aprueben la financiación para comprar extintores. Así que ya saben, la próxima vez que el termómetro marque 45 grados en pleno invierno, no se preocupen: no es cambio climático, es simplemente un ‘extremo’ meteorológico con ganas de juerga. La burocracia, una vez más, salvando el mundo a base de suavizar el vocabulario.
