El creador de Python es ‘demasiado poco diverso’ para donar 3,5 millones de dólares

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La Python Software Foundation (PSF), la organización que se encarga de gestionar uno de los lenguajes de programación más populares del planeta, Python, se ha metido en un lío tan extravagante que parece sacado de una parodia de Silicon Valley. La historia es de esas que demuestran que, a veces, la burocracia corporativa tiene menos sentido que un bug inesperado en un código perfecto.

Todo comenzó cuando la Iniciativa Chan Zuckerberg (CZI), la fundación de Mark Zuckerberg y su esposa Priscilla Chan, decidió que quería apoyar a la PSF con un cheque de los grandes: 3,5 millones de dólares, a desembolsar durante un periodo de cinco años. Una inyección económica que, sin duda, habría catapultado el desarrollo del lenguaje y sus proyectos asociados. Hasta aquí, un cuento de hadas tecnológico.

El problema surgió con los flecos del trato. La CZI quería que su representante ante la junta directiva de la PSF fuera Guido van Rossum. Para los que no estén familiarizados con el mundillo, Van Rossum es ni más ni menos que el inventor de Python, el famoso ‘Dictador Benevolente de por Vida’ del proyecto, una auténtica leyenda. ¿Quién mejor para supervisar una inversión en Python que la persona que lo creó?

Pues bien, la PSF pensó que casi cualquiera. La fundación se aferró a sus estrictas políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI). La junta directiva de la PSF dictaminó que Van Rossum, un hombre blanco neerlandés, no cumplía con los objetivos de diversidad requeridos para el puesto de representante no votante de la CZI. Sí, has leído bien: el creador del producto fue considerado ‘demasiado poco diverso’ para ayudar a gastar 3,5 millones de dólares destinados a su propio producto.

La CZI, por su parte, mantuvo su posición, argumentando que la experiencia técnica y el conocimiento histórico de Van Rossum eran irremplazables. Pero la PSF no dio su brazo a torcer, priorizando el cumplimiento de su cuota DEI sobre la conveniencia del fundador o la necesidad acuciante de esos millones. La fundación dijo esencialmente: «Nos encanta el dinero, pero necesitamos que la persona que nos lo trae sea más… diversa, aunque eso signifique perder el cheque gordo».

El resultado de este pulso ideológico fue tan doloroso como predecible: el acuerdo se frustró por completo. La PSF se quedó sin 3,5 millones de dólares debido a una adhesión rigurosa a un reglamento interno. Una lección costosa sobre cómo, en el mundo de la tecnología moderna, a veces la burocracia de los formularios puede pesar más que la lógica o, incluso, que la propia cartera.