El Cracker Barrel obliga a sus empleados viajeros a comer solo en Cracker Barrel

El Cracker Barrel obliga a sus empleados viajeros a comer solo en Cracker Barrel
La cadena de restaurantes Cracker Barrel ha implementado una norma insólita: sus empleados que viajen por negocios deben comer todas sus comidas, desayuno, comida y cena, exclusivamente en locales de Cracker Barrel. La medida busca un control estricto de los gastos y una mayor inmersión en la marca.
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¿Quién no disfruta de un buen viaje de negocios? Hoteles, dietas pagadas, la oportunidad de probar la cocina local… Bueno, si trabajas para Cracker Barrel, puedes olvidarte de la cocina local. La famosa cadena de restaurantes de estilo sureño ha decidido poner fin a la aventura gastronómica de sus empleados viajeros con una política corporativa tan estricta como cómica: si viajas por trabajo, solo puedes alimentarte en Cracker Barrel.

La medida ha generado un revuelo notable, especialmente porque la compañía ha justificado la decisión alegando la necesidad de optimizar costes y, curiosamente, asegurar que los empleados mantengan un profundo conocimiento del producto. Básicamente, se trata de una inmersión forzosa en la carta.

El menú corporativo de Cracker Barrel: 15 veces a la semana

Esta decisión, que parece sacada directamente de un guion de comedia de oficina, no hace distinciones. Desde los humildes empleados de campo hasta los altos ejecutivos, todos están bajo la misma orden: desayuno, comida y cena deben ser consumidos *exclusivamente* dentro de uno de sus propios locales. Olvídate de la tentación de aquella pizzería artesanal o del sushi que tanto te gusta si estás en ruta por la empresa. Tu única opción durante el viaje es el Meatloaf y las tortitas de la casa.

Imaginemos la escena: un directivo en un viaje de cinco días. Cinco días, 15 comidas. Y las 15 deben ser en el mismo sitio. Es lo que se llama inmersión total en la marca. Podríamos argumentar que es una forma excelente de asegurarse de que los empleados conocen el producto a fondo, quizás demasiado a fondo. Después de la tercera ración de pollo frito con guarnición de puré, el conocimiento del producto pasa a ser una necesidad existencial (y posiblemente una tortura).

La situación lleva a plantearse preguntas existenciales sobre la monotonía alimentaria. Si ya sabes de antemano lo que vas a comer, ¿dónde queda la emoción del viaje? La respuesta corporativa es clara: la emoción está en el ahorro y en la devoción absoluta a los clásicos de Cracker Barrel.

Ahorro y fidelidad a la marca (a la fuerza)

Aunque la medida tiene un claro componente de humor involuntario, la cadena argumenta dos motivos principales. Primero, el control de gastos. Al restringir las dietas de viaje a sus propios restaurantes, la compañía puede mantener unos costes de alimentación predecibles y, presumiblemente, mucho más bajos que si los empleados eligieran opciones externas. Es una forma de monetizar el propio gasto interno.

Segundo, buscan fomentar una mayor fidelidad y familiaridad con sus operaciones diarias. Si un ejecutivo está constantemente probando su propia comida, es más probable que detecte problemas de calidad o servicio. Lo que no está claro es cuántas veces pueden comer los empleados la misma galleta antes de que se convierta en una experiencia traumática más que formativa.

La noticia ha corrido como la pólvora en redes, donde se ha debatido si esto es un golpe de genialidad corporativa o, simplemente, una tortura culinaria de baja intensidad. Sea como fuere, la próxima vez que veas a un empleado de Cracker Barrel de viaje, ofrécele un menú secreto de otro sitio. Probablemente te lo agradecerá infinitamente. O quizás se conforme con pedir el «menú del día de empresa»: el mismo de ayer, y el mismo que tendrá que comer mañana.