
¿Alguna vez te has parado a pensar en los cangrejos? Esos bichos con pinzas que corren de lado, ¿verdad? Pues agárrate fuerte, porque la ciencia nos ha soltado una bomba que hará que mires a tu marisco favorito con otros ojos. Resulta que la evolución es un poco… *copiona*. Sí, así como lo oyes. Parece que le ha pillado el gustillo a la forma de cangrejo y la ha repetido ¡una y otra vez!
Imagina que vas por la vida convencido de que todos los gatos son felinos con bigotes y maullidos, y de repente descubres que algunos son, en realidad, perros disfrazados que han aprendido a ronronear porque mola más. Pues algo parecido ocurre con nuestros amigos los cangrejos. Lo que nosotros llamamos cariñosamente ‘cangrejo’ no es una única familia feliz con su árbol genealógico bien ordenadito, sino más bien un ‘club de la comedia’ donde distintos crustáceos han decidido adoptar la misma apariencia.
Este fenómeno, con un nombre tan rimbombante como ‘carcinización’ (¡apúntatelo para tu próxima conversación de ascensor!), es la tendencia de varios tipos de crustáceos a evolucionar independientemente hacia una forma de cangrejo. Es decir, que el diseño de un cuerpo ancho y plano, con un abdomen metido debajo y unas patas fuertes, es tan rematadamente bueno que la evolución lo ha inventado al menos cinco veces… y algunos científicos sospechan que muchas más. ¡Es como el iPhone de los crustáceos, pero sin obsolescencia programada!
La bióloga Heather Bracken-Grissom, de la Florida International University, lo explica divinamente: «Es una de las historias más geniales de la evolución. Es como si la naturaleza dijera: ‘Vamos a intentar hacer esto de nuevo'». Y es que la lista de impostores es larga y curiosa. ¿Conoces el cangrejo real, ese manjar que te comes en ocasiones especiales? Pues sorpresa: es un tipo de cangrejo ermitaño que, con el tiempo, se ha deshecho de su concha y ha adoptado el look «cangrejo clásico». ¡Un ermitaño que ha pasado por quirófano evolutivo!
Pero no es el único. Los cangrejos porcelana, los cangrejos sentados (o squat lobsters, que suenan más exóticos), y otros tantos han hecho lo mismo. Partieron de formas muy diferentes —más parecidas a gambas, langostas o incluso bichos raros que viven en conchas— y, ¡zas!, acabaron pareciendo un cangrejo. Imagínate la reunión de familia: «Tío Langosta, ¿eres tú? ¡Qué cambiado estás!»
¿Y por qué este afán por ser cangrejo? Los científicos creen que esta forma corporal ofrece muchas ventajas. Es más estable para moverse por el fondo marino, ideal para esconderse y excavar, y quizás hasta para impresionar en las discotecas subacuáticas (esto último es cosecha nuestra). Es una forma robusta y eficiente que ha demostrado ser un éxito evolutivo rotundo. Así que, la próxima vez que veas un cangrejo, piensa que quizás no sea «un» cangrejo, sino «otro más que se ha apuntado a la moda cangrejo». ¡La evolución es una bromista! Y nosotros, aquí, para contártelo con dos pinzas.
